La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

lunes, 6 de agosto de 2012

Ojos para ver, oídos para escuchar

Cuando estoy en casa de mi padres tengo la inmensa suerte de poder asistir a la eucaristía en una parroquia sencilla animada por un sacerdote muy especial. Imagino que a él no le gustaría nada saber que hablo de el y menos en términos tan positivos, por ello no diré su nombre, digamos que se llama J, sí, la misma inicial que Jesús, el de Nazaret y es que se parece mucho a Él.

J. tiene una forma de presidir la eucaristía que invita a quien se deja invitar a vivirla en tres claves: oración, compromiso y comunidad. A J. se nota que la liturgia le encanta, pero no la liturgia del boato y los inciensos, sino la que sabe realzar lo que se celebra. Segura estoy que un liturgista "de pro" se escandalizaría de la manera en la que J. crea cada domingo o fiesta una plegaria eucarística nueva en la que se dirige a Dios de tal manera que te lleva a sentir su presencia viva y vivificante. J. canta y muy bien, de hecho es compositor de muchas canciones del cancionero vasco. Él, como buen músico, sabe que los silencios son importantes, por ello durante la eucaristía nos deja tiempo para "gustar internamente" y así, a veces, en lugar de la homilia proyecta unas preguntas al hilo del evangelio, las lee y nos deja meditar, en silencio, sí, en silencio. Deja silencio entre las lecturas, hace silencios al hablar y cuando habla lo hace suave y templadamente. 

Pero, además, J. es un sacerdote en el pleno sentido de la palabra. Él se hace presencia de Jesús en el barrio de mil maneras, la que yo conozco me toca de cerca ya que de muchas formas ayuda a mis padres. Les trae la comunión a casa cuando yo no estoy. Puntual, a las nueve de la mañana, llama al timbre y le sube a mi madre la comunión para que comulguen al seguir la misa por la televisión. Varias veces ha ayudado a mi madre a levantar a mi padre de la cama. Y es que J. también tiene una madre bien mayor a la que cuida y no es raro encontrártelo por el barrio haciendo las compras para cocinar a su ama. J. es sensible a los enfermos y ancianos,  a todo sufrimiento humano, se le notan sus años de misionero en Guatemala.

 Ese es J., al menos lo que yo he ido conociendo de él. Un sacerdote que convence, que interroga, que te hace pensar qué haces tú por los demás, por Dios... 

Hoy he ido a la eucaristía y he comprobado lo nervioso que un sacerdote así puede poner a quienes van a la eucaristía como quien va a un McDonals, esperando una comida rápida.

La eucaristía, como siempre, ha seguido el ritmo pausado y sereno que le imprime J. Ha habido profusion de cantos como siempre  y una homilia que nos ha aterrizado en la realidad de los muchos que sufren esta terrible crisis. Dos filas delante de mí había una familia, abuelo, matrimonio e hija mayor. Durante toda la eucaristía los gestos de las dos mujeres hablaban de su incomodidad, primero una incomodidad que ya he percibido otras veces en quienes no suelen asistir a esta parroquia. La incomodidad de que la misa dura más de media hora (generalmente dura una hora). Pero el momento culminante ha sido cuando antes de la colecta, J. ha proyectado una diapositiva con los gastos de arreglos en la iglesia y ha explicado porqué la colecta de cada primer domingo se destinaría a sufragar las reparaciones. Siempre me han parecido de agradecer estas informaciones directas sobre el destino que se da a lo recolectado en las parroquias y, en este caso, hacerlo justo antes de la colecta, me aprece que le otorga a esta mayor realismo. Entonces he creido que estas dos mujeres iban a gritar o algo por el estilo. Se las veía indignadas. Han pasado el resto de la celebración hablando entre ellas con cara de pocos amigos, mirando a J. como si quisieran fulminarlo con la vista. Os confieso que ellas dos me han distraído totalmente y me he dedicado a imaginarme sus comentarios siguiendo la pista de sus expresiones y gestos, por cierto, agotadoramente nerviosos y crispados, sobretodo los de lahija, tanto que yo misma he perdido la paz (no es bueno empatizar tanto o... distraerse tanto). Por el tipo de ropa que llevaban y sobretodo por la marca de sus ostentosos bolsos (soy mujer y me fijo en todos los detalles) se veía claramente que no eran de clase media baja ni mucho menos. Total que yo misma me he embrollado en un sinfín de juicios, de prejuicios... Ellas criticando al cura y yo juzgándolas a ellas ¡bonito tándem!

Al salir de misa he respirado. Me he dado cuenta de que esto de celebrar la fe, de vivirla, de hacerla vida entregada, requiere de mucha humildad, de mansedumbre, de apertura de miras. Realmente uno no puede conectar con la hondura del evangelio como quien se conecta a internet. En esto de la fe no hay banda ancha, los datos se van descargando poco a poco y en la medida en que uno mismo se pone " a tiro".

Nos hemos acostumbrado demasiado a la misa "de media hora", todo rapidito y con homilías y planteaminetos que no nos desmontan nada de nada.
 
He recordado que Jesús ya nos avisó de que los ricos lo tiene dificilillo para entrar en el Reino, más que un camello intentando entrar por el ojo de una aguja. Y me he preguntado cuales son mis propias distracciones en esto de la fe. Cada uno tenemos las nuestras, hay quien quiere rapidez, o que no le toquen el bolsillo o que no le hagan pensar demasiado. Y, así, cada cura, cada predicador, acaba teniendo "su público", o sea, al final vamos allí donde nos dicen lo que queremos oir... ¡Qué peligro!

Sé que no veré más por la parroquia a esta familia, hoy estaban allí por un compromiso familiar. En esta Iglesia nuestra hay sitio para todos, gracias a Dios. Hay misas lentas y rápidas, con pocos o con  muchos boatos. Cada uno puede elegir y cada uno puede criticar, ¡faltaría más! Pero hoy me he quedado con una pena interior, la pena de haberme dejado distraer por quien no ha sabido reconocer la bondad que en esta eucaristía se respiraba. 

Señor: ¡ábrenos los ojos para ver, los oídos para escuchar!

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