La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El mejor símbolo de la Paz

Vivimos tan inmersos en el dualismo que somos incapaces de darnos cuenta de ello. Contínuamente, en mil detalles, nos dejamos atrapar por "las gafas del ego". El ego todo lo ve en blanco y negro o en "amigos-enemigos" o en "derechas-izquierdas" o en "mío-tuyo" o en "yo-tú" o en "sagrado-profano" o en mil y una divisiones más de todo tipo y condición que le permitan estar cómodo y tranquilo, con la sensación  de tenerlo todo bajo control porque las demasiadas fluctuaciones inquietan al pobre y asustadizo "ego". 

Así vivimos la mayoría de nosotros/as la mayoría del tiempo y sin darnos ni cuenta. Quizá sólo nos damos cuenta cuando alguien que ha trascendido el ego se nos acerca en el trabajo, en la familia, en el círculo de amigos y conocidos y, entonces ¡qué nerviosa nos pone esa persona! o ¡qué envidia nos da!. La idolatraremos porque nos "huele" a algo que deseamos o la menospreciaremos tachándola de loca o poco madura porque nos "huele" a algo que nos incomoda. De nuevo ahí está el ego haciendo de las suyas: idolatría o rechazo. Siempre los extremos, siempre limitando, acotando, en definitiva, acallando el miedo de los paisajes amplios y abiertos, de la condición de misterio de la Vida.

El miedo, hijo del ego inmaduro, se camufla de mil maneras en nuestra vida y para ello nos viste con trajes variopintos: el traje de "yo ya sé lo que tengo que hacer", o aquel otro de "esto siempre ha sido así" o el más común y de moda hoy: el de la "queja por todo" que va muy a juego con el "dar de no". También está el traje más sútil del escepticismo que a todo responde con un "pero..." que pone distancia y deja fluir la sospecha.

Esta semana me he sentido empachada de los productos y subproductos del ego y su miedo. Desde diferentes ámbitos he visto a las claras el baile de máscaras del ego humano y de nuevo me he sorprendido al comprobar cómo damos por sentado que vivir así es vivir... ¡Qué necios y torpes somos!

Por eso hoy, al recordar que en la Iglesia celebramos la exaltación de la santa Cruz, han venido a mi memoria unas palabras de Chillida, el formidable artista vasco, que ayer mismo leí en una exposición sobre su obra. A Chillida le encomendaron esculpir un símbolo de paz para la igleisa del Buen Pastor de Donosti. Chillida dijo entonces que "no se me ocurre mejor símbolo de la paz que la cruz". Así esculpió "Bakearen Gurutzea", "la Cruz de la Paz". Así expresa el propio artista en una carta a su esposa lo que para él es la cruz:

Conoces cómo desde hace muchos años he regalado la cruz a familiares y amigos íntimos. Es lo más importante del cristianismo. Nadie que me conozca se extraña si regalo lo que he empleado para representar el origen de la fraternidad. ¿Recuerdas el texto que acompaña al árbol de la cruz de Grenoble, el que realicé para conmemorar uno de las grandes aportaciones de la Ilustración?: «Este árbol de hierro, nacido en este bosque, proclama que nosotros los hombres tenemos un mismo origen: exige la fraternidad.»
Sé que no puedo reflexionar sobre nada mejor que sobre aquello en lo que descansa la paz, tan ansiada por mí para mi tierra. La cruz de alabastro cuyo anverso es un vellón que está situada en el pórtico de la Catedral del Buen Pastor de Donosti no podía tener otro nombre: Camino hacia la Paz.
Y bien sé yo que no he sido un escultor religioso en el sentido tradicional.
En una cruz ocurrió lo que ocurrió con Cristo y es tremendo. En positivo y en negativo. Es un lugar de encuentro de toda la historia de la humanidad, de todas las cosas que han pasado. Un acontecimiento que supera cualquier otro, en mucho, por la trascendencia que ha tenido y que sigue teniendo. En ella, Dios no exige castigo, lo que exige es perdón, el perdón a todos de la cruz. Porque él da su vida por los demás allí. De modo que de castigo, nada.
Mira los brazos de las cruces de Cristo y del Buen Ladrón. Son uno y el mismo. Al Buen Ladrón yo le salvo, porque tiene la misma cruz de Cristo, su mismo brazo, a su misma altura. Unidos están con tanta fuerza que hasta la cruz de Cristo, con lo fuertemente sujeta que está sobre su enorme base, parece que se dobla. ¡Cuántos Buenos Ladrones hay compartiendo el travesaño del Señor de la Paz! ¡Son los que entendieron su mensaje de perdón!
¿Y el Otro Ladrón?… A pesar de todo, le hago una huella profunda, un espacio abierto, indicando que no sabemos si se salvó. Porque el Buen Ladrón es el único hombre del que sabemos que se ha salvado. Lo dijo Cristo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».


Chillida entendió, otros muchos/as también, pero quizá pocos. Esos pocos han entendido que la Cruz cristiana es símbolo de un camino más allá de uno mismo. Un camino que no conoce las humanas divisiones entre "amigos y enemigos", entre "foráneos y extranjeros", entre "mi tierra y la tuya". La Cruz une lo humano y lo divino, une cielo y tierra, une todos los puntos cardinales en un centro en el que sólo hay amor, en un centro en el que somos uno, en un centro desde el que todo lo demás suena tan absurdo, tan pequeño, tan dormido...
Por eso mismo la Cruz, aunque por el ego humano haya servido de emblema de luchas fratricidas es, sin embargo, el mejor símbolo de paz, de la verdadera Paz, la que nace de los fondos profundos de la Humanidad, allí donde la Humanidad es una con Dios y transparenta el Ser verdadero. La Paz verdadera que sólo conoce quien ha transitado noches y dudas para desembocar en la experiencia de ser amado/a y sentir el latido de amor que a todos/as nos une y en el que todos/as latimos sin saberlo. Por esa razón quien asume la Cruz hace del amor su arma más poderosa, quedando despojado de las luchas del ego, de sus miedos, y transformándose en hermano/a de todos/as, sin vuelta atrás. Han entendido y viven el mensaje del perdón como dice Chillida que Dios nos enseñó en Jesús. Un perdón que brota espontaneo de la experiencia interior de la común-unión (comunión).

Exaltar la Cruz no es exaltar el sufrimiento vano, sino exaltar el camino verdadero de la Paz: la trascendencia de los límities del ego para ser adenrtrados en la tierra inconmesurable e infinita del Amor. Allí "el cordero duerme junto a león y el niño mete la mano en la boca del aspid...". 

La cruz, sí, Chillida lo supo comprender, es el mejor símbolo de Paz, pero vivirlo, eso sí, es para unos pocos valientes. Los demás, hasta ser despertados de nuestro sueño egoico, viviremos creyendo que vivir en los límites de nuestro pequeño ego es vivir.


2 comentarios:

Emilio Murugarren dijo...

Evangelio de hoy en San Juan: "Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa"

Texto precioso, sin dramas, sin tragedias. Todos somos FAMILIA, todos somos COMUNIDAD. y desde aquel momento aprendimos a recibir en nuestra CASA.

Elena Andrés dijo...

Así es, se nos enseña a ser hogar. Gracias, Emilio.