Este es el ayuno que deseo:
abrir las prisiones injustas,
romper las correas del cepo,
dejar libres a los oprimidos,
destrozar todos los cepos;
7 compartir tu alimento con el hambriento,
acoger en tu casa a los vagabundos,
vestir al que veas desnudo,
y no cerrarte a tus semejantes.
8 Entonces brillará tu luz como la aurora,
tus heridas se cerrarán en seguida,
tus buenas acciones te precederán,
te seguirá la gloria del Señor.
9 Entonces llamarás al Señor y responderá,
pedirás socorro y dirá: “Aquí estoy”. (Is 58, 6-9)
Cuaresma. Cese de los carnavales. No deja de ser "curioso". Anteceden a este proceso de sobriedad, a este tiempo penitencial, unos días de fiesta y de disfraz. Antaño tenía su sentido cuando todo el mundo "era" cristiano. Antes de entrar en el ayuno cuaresmal: comamos y bebamos. Pero hoy en día ¿Qué sentido tiene el carnaval si casi nadie vivirá la cuaresma? En fin, preguntas que quedan ahí...
Hoy, para quienes sí nos dejamos adentrar en esta pedagogía cuaresmal, Isaías nos lanza unas palabras graves, potentes, inquietantes y retadoras. El profeta describe para el pueblo de Israel, cuál es el verdadero ayuno que quiere Dios. El pueblo había estado practicando un ayuno interesado: si nos vestimos de saco y nos cubrimos de ceniza Dios nos responderá. Se trata de atraer el favor divino "comprándolo" con gestos externos.
Algo muy nuestro: vivir en la apariencia y las poses.
El profeta, atravesado por el Espíritu de Dios, responde y habla: ese ayuno es falso. Desgrana entonces una descripción del ayuno que es la descripción de un estilo de vida. Algo a kilómetros de distancia de una pose. Acciones que implican a la persona entera y que complican la vida. Acciones en pro del otro.
La descripción del ayuno que hace Isaías no remite a uno mismo, no es un ayuno autorreferencial sino un ayuno de egoísmo y de individualismo. Se trata de vivir atento a quien sufre.
En el inicio de la cuaresma, el ayuno, la oración y la limosna son descritas por Jesús en el evangelio de Mateo (Mt 6, 1-6.16-18) como actitudes que brotan del corazón, del interior del ser humano porque del interior del ser humano brotan también las maldades. Por eso Jesús indica que nada de fuera nos hace impuros, sino lo que sale dentro, del corazón humano. La cura para ello, es alimentar en nuestro interior:
- La oración, entendida como relación personal con el Padre que ve en lo oculto.
- El ayuno, entendido como la sobriedad en el vivir.
- La limosna, entendida como el negarnos a una vida egoísta y hacer espacio al hermano necesitado.
Los dos, Isaías y Jesús, nos explican con claridad que las poses, los actos puntuales y más si con ello esperamos recompensa de Dios o aplausos humanos, no sirven de nada. En todo caso,se incrementan nuestra superficialidad y egoísmo.
La Cuaresma es una pedagogía de la interioridad. Es un camino hacia lo profundo. Transición de los meros actos hacia las actitudes.
Interiorizamos para dar raíz firme a un modo de vida concreto: el que nos enseña Jesús en el Evangelio. Vivir al estilo de Jesús supone ir en contra de lo cómodo y de lo que queda bien.
Interiorizamos porque sin esa interiorización cuaresmal, es muy difícil que nos afecte la Pascua de Jesús que, como mucho, seguirá siendo algo que le pasó a ÉL pero que jamás me sucederá a mí.
Oración para dar raíz y continuidad a una vida de sobriedad y de fraternidad compartida con los más necesitados.
Cuándo me entrego a ello, Dios me responde y me dice "Aquí estoy".
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