La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Maestr@s visionari@os

 

Todo es revelación, todo lo sería de ser acogido en estado naciente. La visión que llega desde afuera rompiendo la oscuridad del sentido, la vista que se abre, y que sólo se abre verdaderamente si bajo ella se abre al par la visión. Cuando el sentido único del ser se despierta en libertad, según su propia ley, sin la opresiva presencia de la intención, desinteresadamente (…) se enciende así (…) la visión como una llama. Una llama que funde el sentido hasta ese instante ciego con su correspondiente ver, y con la realidad misma que no le ofrece resistencia alguna.

(MARÍA ZAMBRANO, Claros en el bosque, Seix Barral, Barcelona, 1977, p.51.)


Cada poco tiempo regreso a este pequeño texto de María Zambrano. Pequeño texto que, en cambio, encierra grandes horizontes, profundas verdades...

Hoy, a punto de comenzar una nueva edición del Experto Universitario en Educación de la Interioridad, leo estas sabias palabras que resuenan dentro como una invitación, como una música que impele a ir más allá y a mirar más adentro.

No es la mirada interior algo que nos distancia del mundo ni de lo cotidiano. La mirada interior, muy al contrario, opera en la persona como un aumento en la capacidad de VER y, por lo tanto, una experiencia de mayor arraigo en la vida y un dinamismo hacia un más grande compromiso en el cuidado de la misma.

María Zambrano en este texto hermana "vista" y "visión". Porque nos sucede a las personas que pasamos muchos años de nuestra vida viendo sin ver. Existe un "ver" que es superficial, desconectado, atropellado. Existe un ver sin ver, sin visión. Se ve porque los ojos físicos están activos, pero sin ver porque la mirada interior está dormida.

"Veo, veo...¿Qué ves?... Una cosita...¿y qué cosita es?" Así decíamos canturreando al jugar al "veo, veo". Y la cuestión era identificar "qué ves". Precisamente porque una cosa es ver y otra identificar qué veo. Cuando vista y visión se abren a la par, lo real manifiesta su ser, nos hace vibrar con su presencia y, entonces, se da la experiencia de la revelación.

"Veo, veo..." Pero, tantas veces, veo sin gustar internamente, sin saber apoyar y hundir mi ver en una mirada interna que permite la REVELACIÓN de todo cuanto es.

Revelación, bella palabra. Evoca tantas cosas: Profundidad, amplitud, horizontes abiertos, aumento de las posibilidadestransparencia, contemplación, atención, escucha, dejar ser...

Educar la propia interioridad tiene que ver con educar la mirada, poniendo a funcionar la capacidad que todos tenemos de unir el ver y la visión que permiten así, que todo nos hable, que todo se revele libre de los límites y etiquetas preconcebidas del ver superficial.

Educar la Interioridad como paradigma educativo, pide del maestro/a el despertar urgente de una visión que activa un corazón pensante y una mente sintiente. Siendo así, cada alumno, cada alumna, puede ser acogido "en estado naciente" y el Maestro es, sin duda, partero del ser de ese niño, de ese joven. Testigo de la revelación de sí que se da en cada uno de ellos en esos años llenos de vida en los que "todo es posible y todo está por hacer".

Educar pide maestros y maestras despiertos. Maestros y maestras visionarios porque aúnan a la par "ver" y "visión".

martes, 31 de agosto de 2021

"¿Dónde está tu hermano?"

Están pasando muchísimas cosas en el mundo “grande” y en el mundo “pequeño”. Por mundo grande entiendo ese al que yo difícilmente puedo llegar en persona, son otros países, son los tinglados políticos y económicos a gran escala, la alta política, etc.  O sea, lo muy grande, grande, donde yo no puedo llegar.

Luego está el mundo “pequeño”, ahí donde yo, con más o menos esfuerzo, si de verdad quiero, puedo hacerme presente de alguna manera.

Mire donde mire, a lo grande o a lo pequeño, están pasando muchas cosas, muchísimas y muy potentes. Cosas que afectan y hacen sufrir a las personas, a las del mundo grande y a las del mundo pequeño. Y no sólo se trata del Covid y sus secuelas, hay muchísimo más.

Escucho y leo lo que “pasa” y siento que me traspasa el alma y me causa tristeza, me crea desazón, me indigna, me enfada, me interpela… Y me pregunto qué narices puedo hacer yo, igual que me pregunto por qué no estamos hace tiempo ya todos en la calle indignándonos de verdad (¿dónde queda el espíritu del 15-M?). La respuesta primera es que no puedo influir en nada en el mundo grande, que me queda muy lejos, que no tengo poder ni medios.

Luego conecto un poquito más con la pregunta, con sus implicaciones y una vocecilla me dice que la respuesta primera supone tirar la toalla, implica renunciar a una característica propia del ser humano: la compasión.

Decirme a mí misma que no puedo hacer nada y seguir como si tal cosa, me deshumaniza. La escuela para aprender y ejercer la compasión es la vida cotidiana, la del “mundo pequeño”. Mi día a día. Ahí sí tengo poder, ahí sí puedo hacer o no hacer; ser o no ser…

Yo no puedo ir al aeropuerto de Kabul a sacar de ese infierno a nadie, pero puedo informarme y saber donde hay refugiados afganos, qué redes de solidaridad existen en mi entorno cercano y decir cual puede ser mi forma de apoyar, de ayudar de sostener…

Esa fue, por ejemplo, la luz en medio de la oscuridad el confinamiento: las personas que salían cada día de su casa dispuestas a hacer la compra para los ancianos solos, a llevarles medicamentos que no podían salir a comprar, fueron esas redes de apoyo cercanas las que nos recordaron que lo grande se gesta en lo pequeño y que, tratándose del prójimo, ninguna acción es pequeña.

No digo nada original, lo sé, pero me da la impresión de que ante la ingente avalancha de información que recibimos cada día, el resultado es que buscamos protegernos de un mundo tan fiero y agresivo, recluyéndonos en las trincheras del “yo nada puedo hacer” “eso corresponde a los gobiernos” “bastante tengo con lo mío”.

El caso es que miro alrededor y no veo a personas que vivamos mal, empezando por mí misma. La cafetería que hay bajo mi casa está cada día llena hasta la bandera. Veo a las personas pasear tranquilamente con un perro, hijos con montones de juguetes, bicicletas, veo pasar coches caros, veo como gastamos dinerito en varios cafés y cervezas y “pintxitos” diarios, veo a la gente de mi barrio ir y venir de vacaciones… No percibo pobreza, ni excesivos problemas económicos… Percibo esa clase media o media alta que configura la sociedad del “bien-estar”. Yo formo parte de todo ello y no escapo a ese modo de vida, soy una más en la rueda del sistema neoliberal.

No sé qué compromiso ético tendrá cada uno de mis vecinos, de mis conocidos. Sólo puedo saber y juzgar el mío. Sin embargo, percibo en el ambiente algo que me lleva a preguntarme si no nos hemos acostumbrado a comulgar con ruedas de molino y que hace que, como lo del “mundo grande” me queda muy lejos y es muy grande, pues, eso, yo a lo mío y termina por indignarme tan sólo lo que me toca a mí, lo que me afecta a mí, lo que me pasa a mí… Y me defino con aquello tan tremendo de “yo soy muy amigo de mis amigos” (uf…).

Ahí está el tema, ahí la enjundia: ¿Puedo vivir de tal modo que lo que le pasa al otro no me afecte? ¿podemos, como individuos y sociedades, seguir viviendo desde los “derechos” y no acogiendo los “deberes” inherentes a tales derechos? ¿Podemos, sobre todo tras la pandemia, seguir pensando que lo que le pasa al otro no me pasará a mí o no me afectará a mí? ¿Podemos seguir refugiándonos de la intemperie de la existencia y del grito del prójimo sufriente en las compras compulsivas y el divertimento sin fin?

Parece que sí, se puede y yo misma, tantísimas veces, lo hago, pero… A la larga a mí me salta una alarma y es esa vocecilla a la que me refería antes y que evidentemente es la voz de mi conciencia y la voz de Dios en ella que me dice: “Elena ¿Dónde está tu hermano?”

PD: Y, ahora, voy a seguir poniendo manos a la obra, empecinada en mi creencia y esperanza de que, a través de la educación, puedo aportar algo a la mejora del mundo.

 

¡¡FELIZ COMIENZO DE CURSO, FELIZ AÑO NUEVO en el que tanto podemos hacer por los demás!!

miércoles, 23 de junio de 2021

FELICES VAC-ACCIONES, QUERID@S PROFES


Dicen  que tenéis "muchas vacaciones"... Esa es la definición de maestr@, de profe que algunos guardan en la recamara. Bueno, si así fuera, si tenéis muchas vacaciones pues ¡enhorabuena!

Sin embargo, yo sé que lo vuestro son generalmente "vac-acciones", vamos, que la mayoría de profes hasta agosto no paran: campamentos de verano, camino de Santiago, convivencias con grupos, cursos de actualización, terminar de preparar esto y aquello (un "esto" y un "aquello" que de año en año es más y más farragoso y grande por mor de las continuas reformas educativas a las que se añade ahora el "contexto Covid").

Los equipos directivos ahí estarán hasta el último día de julio al pie del cañón y regresarán la última semana de agosto para tenerlo todo bien situado.

Las vac-acciones del profe son eso, seguir recreando y mejorando sus clases, su formación personal pero en otro contexto, con menos prisa y atropello. Ahí están, sin desconectar del todo nunca. Soy testigo.

Y es así, porque el buen maestro, la buena maestra lo es en y desde su corazón y cuando algo nace y vive en el corazón, uno no se desconecta PORQUE ES SU PASIÓN, SU VOCACIÓN Y LE NACE DEL  ADENTRO, DE LAS ENTRAÑAS Y NO LE MOLESTA, SINO QUE LE PLENIFICA. 

Os vais de vac-acciones, queridos profes...¡Bien merecidas os las tenéis este año!

Hoy en todo el país deberíamos salir a los balcones a aplaudiros un buen rato. Sí, he visto que os hacían algún homenaje institucional pero muy tímido creo yo, muy poco aireado. En fin, yo desde mi balconcillo virtual, OS APLAUDO, os lanzo al aire, al cielo un beso, un abrazo, un GRACIAS.

Sois esa presencia que pone estabilidad en la incertidumbre, siempre has sido así, sin embargo desde marzo del 2020 lo hemos visto bien clarito aunque seamos tímidos -por decir algo- para expresarlo como sociedad. 

Maestros y maestras de Corazón, con Corazón, que conectáis con el corazón de vuestros alumnos y de sus familias. Sois los que no miran el reloj, los que no entienden de horarios ni de detalles de contrato. Sois personas acompañando personas. Sois falibles, os cansáis, no lo sabéis todo ni lo podéis todo, pero lo dais todo, ya sea en "formato presencial" o, ahora también, en "formato online".

Sois profesionales como la copa de un pino. Os habéis formateado en una décima de segundo y podéis impartir vuestras clases y haceros cercanos en el metro y medio al alumno que está en el aula con la mascarilla muerto de frío o de calor (como vosotr@s) y al que está en casa confinado.

Sois hogar cálido para tantos niños y adolescentes necesitados de una palabra, de una mirada, de un abrazo, de una Presencia que le haga sentir importante, válido, acompañado y querido.

Tú, Maestr@ de Corazón, con tu propia mochila vital tan sobrecargada en estos dos últimos cursos, sin embargo optas cada día por "echártela a la espalda" y ofrecer a tus niños, a tus chavales, tu mejor versión, tu sonrisa en los ojos, tu fidelidad al día a día en el cole.


Así que, me detengo aquí, porque no podría poner el punto y final si describo todo cuanto hace y vive un/a Maestr@ de verdad.

Yo, solamente, quiero desearos unas muy, muy, muy FELICES VAC-ACCIONES, querid@s profes. Os merecéis cada segundo de descanso de este verano.

PD. Si quien lee esta entrada no es maestr@ pero conoce a algun@, por favor, cuando os encontréis no le sueltes el topicazo de las vacaciones, por una vez,  tan sólo DALE LAS GRACIAS.


jueves, 10 de junio de 2021

SIMPOSIO ONLINE: LA MEDITACIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA INTERIORIDAD





A lo largo del año pasado y lo que llevamos del presente, nuestras vidas se han visto sometidas a un gran número de cambios, hemos transitado una densidad existencial muy grande y hemos crecido en creatividad para generar redes de cuidado, de presencia. En ese sentido, no queríamos renunciar desde nuestro Posgrado de Educación de la Interioridad, a un encuentro en el que sentirnos de nuevo convocados en torno a la bella vocación educativa. Los educadores y educadoras estáis siendo una presencia fundamental y estable para las familias y los alumnos.

Os invitamos pues a participar el día 12 de junio, sábado, en un Simposio que, adaptándose a la situación actual y deseando facilitar la participación de todos los interesados, durará dos horas y media. Reflexionaremos acerca de LA MEDITACIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA INTERIORIDAD.

Os esperamos con ilusión para despedir juntos este curso y comenzar a imaginar el que vendrá.


(El Simposio es GRATUITO, aunque es imprescindible inscribirse en la web del Campus:              https://www.lasallecentrouniversitario.es/simposio-interioridad-2021/: )

El horario es el propio de la Península.


Horario


10:00: Bienvenida y presentación del Simposio.
Hno. José Andrés Sánchez Abarrio, Director del área de Ciencias de la Religión y Elena Andrés Suárez, Directora de contenidos del Posgrado.

10:20: Conferencia: La práctica meditativa en el cristianismo. Una mirada en perspectiva y una realidad actual.

  • Hna. Carolina del Cerro. Hermana clarisa en el Monasterio situado en Villa Elba, ciudad de Resistencia en Argentina. Fue abadesa de dicho monasterio durante 10 años y actualmente es formadora. Acompaña retiros, talleres desde la vida sencilla y de silencio de su monasterio.

11:00: Coloquio: Una reflexión acerca de meditación y mindfulness

  • Laia Monserrrat. Profesora del Experto Universitario en Educación de la Interioridad. Psicóloga, especialista en Leibtarapia Personal, profesora del máster en Mindfulness de la Universidad de Barcelona.
  • Lorenzo Sánchez Ramos. Profesor del Experto Universitario en Educación de la Interioridad. Psicólogo, profesor del colegio Montpellier, Madrid.

  Modera: Elena Andrés


12:00:La meditación en nuestro paradigma de educación de la interioridad.

  • Elena Andrés.

12:15: Presentación de la 7ª edición del Posgrado curso 2021-22.

12:30: Despedida

viernes, 4 de junio de 2021

De semáforos y códigos de circulación

Cada día, desde que comenzó esta pandemia, nos ofrecen "el semáforo Covid", ya sea por municipios, por comunidades autónomas, países... 


El semáforo fue uno de los instrumentos que el ser humano motorizado creó para ordenar el caos circulatorio, ya que hemos comprobado que hay quien circula "a su bola" sin mirar quien viene detrás, ni por un costado, ni por delante. Son los que viven a fondo el "yo soy yo y... mis circunstancias se las come otro". Así que un semáforo puede conseguir que se detenga quien de otro modo no lo haría o tenga más atención o precaución quien no ve peligro en nada o quien actúa desde "el que venga detrás que arree". ¡Medudo poderío el del semáforo! Aunque ya sabemos que también existen congéneres que no entienden de colores (daltónicos por elección) y adoptan el "yo a lo mío" sin semáforo que valga.

El "rojo" sigue siendo el color que te dice "¡quieto parao!", el ambar o amarillo o naranja (curioso que no terminamos de identificar bien ese color) nos dice que estemos atentos, preparados, el verde nos dice "adelante, sin miedo, vamos allá".

No puedo evitar recordar la canción que forma parte de la memoría de la infancia de tantísimos de nosotros: "El auto feo" (por cierto: compuesta por mi queridísmo amigo Leonardo Bottaioli y el creador del espectáculo para niños Pipo Pescador y traída a España por la familia Aragón). En esa canción, como un mantra, repetíamos  aquel famoso "¡rojo...¡amarillo! y...¡¡VERDEEEE!!", así varias veces. Ese momento de la canción nos mantenía atentos, como expectantes, era esa "parada" la que ayudaba a recuperar con más ganas y emoción el viaje en el "auto feo".

Pues me parece a mí que se nos "semoforeado" la vida y que ahí, frente al semáforo, es donde se demuestra nuestra capacidad o incapacidad de respetar al otro, de actuar desde el bien común, de autoregularnos. Me explico:

  • ROJO: mi libertad termina donde comienza la tuya. Básico ¿verdad? Sin embargo, parece olvidarse en tantas acciones y decisiones desde lo más cotidiano hasta lo altos estamentos. No, nos es fácil frenarnos, contenernos, para dar paso al otro. Parece que llega a molestarnos que "el otro" tenga sus derechos y que sean tan inalienables como los míos. Hemos creado una cultura de "mis derechos" pero en la que poco se habla de "mis obligaciones". En todo caso, es "el otro" el que está obligado a escucharme, a comprenderme, a no molestarme, a... Y yo soy quien ostento el derecho a todo ello. Creo que necesitamos reconciliarnos con ese "rojo" del semáforo que me indica mis límites, que me recuerda lo bueno de detenerme allí donde el otro necesita tener paso, respirar, sentirse respetado. Ese "rojo" debiera haberse adoptado, por ejemplo, hace muchísimos años en lo que a la explotación del medio natural y la contaminación se refiere, por mencionar una cuestión que pide ya un "rojo vivo" que nos detenga. Qué decir de los "rojos vivos" aplicados a los migrantes de modo forzoso e injusto...
  • AMARILLO (ámbar o naranja): Refrenarme es bueno, quedarme en "punto muerto" un ratito va bien. Incluso ahora, con los mototres "stop-start" el coche no gasta gasolina ni contamina en ese stand-by del "amarillo". Ahí mi mirada, mi oído, mis sentido se agudizan, se afinan para "ver más allá". En el semáforo vial el "amarillo" va detrásdel rojo. Creo que en el semaforo VITAL, el amarillo va antes del rojo: sólo si me refreno y observo, sólo si me acallo y escucho, sólo si afino mi percepción, sabré cuando y donde es bueno detenerme porque estoy entrando en terrenos en os que "el otro" no me ha dado permiso para entrar. El "amarillo" es bueno y sano. Aprendemos a colorear de amarillo y tener activo el ámbar en la vida a través de los procesos de silenciamiento, de escucha activa del otro. El "amarillo" entra en el campo de la verdadera contemplación que no es pasividad, sino activa pasividad que amplía el campo de percepción.
  • VERDE: saber cuando toca arrancar, meter marcha, avanzar y hacerlo junto con los demás y hacia los demás manteniendo el ámbar activado, no sea que tenga algo de daltonismo y equivoque los colores, porque, a veces ¡yo "estoy en verde" pero el otro no. En todo caso, el verde es el color de la vida de cada día porque estamos todos en movimiento e interacción lo queramos o no y ahí es donde cada uno ha de conocer los códigos vitales que permiten una circulación sin choques aunque de vez en cuando con rasguños y embotellamientos. porque, al final, la vida conlleva eso mismo: una mezcla de caos y orden donde tú y yo estamos durante mucho tiempo, circulando con una "L" de aprendices.


P.D: Obsérvese la "lección VITAL" que conlleva la canción. En la vida hay baches, en la vida hay curvas difíciles de tomar, hay carreras que afrontar "metiendo" la marcha pertinente... Interesante. Lo mejor: tener buen@s maestr@s en el camino.


viernes, 21 de mayo de 2021

El abrazo... no siempre vale (según algunos)

El abrazo. Compañero de camino de la vida humana. Gesto natural que la pandemía ha impedido.  Cuando la distancia social llegó a nuestras vidas, perdimos el abrazo. Al cabo de un tiempo comenzaron a paracer en las redes sociales todo tipo de inventos que permitieran recuperar el abrazo. Vimos imágenes de nietos abrazando plastificadamente a sus abuelos, trabajadores de residencias abrazando a los mayores  a través de cortinas de plástico (alguna bondad del denostado plástico parece ser que permite el abrazo en tiempos de Covid).

Necesitamos abrazar y ser abrazados, es un camino incomparable de encuentro humano. En el abrazo doy y recibo, acojo y soy acogido. Corazón con corazón, en el abrazo nos damos y nos recibimos.

Así, durante estos catorce meses pandémicos, nadie ha dudado acerca del benecifio y necesidad del abrazo dado y recibido, ya sea abrazo feliz o abrazo en el dolor.

Pero llegaron ellos: la voluntaria de la cruz roja y el joven inmigrante. ¡Ay ese abrazo!

Era un abrazo imprescindible, necesario, natural, como suele decirse "era exigencia del guión" , porque si yo llego medio desmayado a una playa de otro país, si vengo de un periplo de desarraigo, de hambre, de guerra, de desesperación ¿qué puede ser más sanador que un contacto humano cálido y amoroso?. Y resulta que allí estaba una mujer con su sistema empático y solidario activo y en movimiento. Así que ese abrazo estaba llamado a acontecer como, seguramente, estaban dándose muchos otros abrazos en esa misma playa que no recibieron la atención de las cámaras.

Claro está, que quien mira el dolor humano como si de una película se tratare, situado en una distancia de despacho y sin haber bajado a pie de realidad, puede dedicarse a buscar los fallos del guion y de los actores. Y ¡vaya si encontraron fallos!

Lo que no saben es que "no vemos las cosas tal y como son, vemos las cosas tal y como somos" (frase atribuida en redes al Talmud, a Gandhi, a Newton y a mi vecina del quinto, pero frase muy acertada). Así que aquellos espectadores de la vida humana que en tal encuentro vieron un abrazo ilícito tienen un grave problema, un defícit de humanidad y una miopía desmesurada rozando la ceguera.

Somos en este occidente neoliberal, tan obtusos y tan volubles que el abrazo, el que era tan bien mirado y tan echado de menos por doquier, ahora ya no sirve si es entre una mujer blanca y joven y un chico negro y joven, si es en una playa pero no es verano, si es una playa pero no estás allí disfrutando de tus vacaciones, si es una playa de Ceuta, si es entre una voluntaria de Cruz Roja y un inmigrante. No vale el abrazo si estás tan roto que te aferras a ese cuerpo que, ¡oh desastre1, es un cuerpo joven y alguno ve ahí una tentación carnal desmedida a pesar de quien así se aferra no creo yo que este para mucha tentación más que nada porque esta medio muerto de frío, de cansancio y de dolor.

Ahora habrá que crear un pasaporte de abrazos como el de la vacunación para demostar en su momento si puedes o no abrazar o ser abrazado, no sea que escandalices al personal.

Porque, para algunos congéneres, resulta que ahora el abrazo... no siempre vale.




martes, 18 de mayo de 2021

Y seguimos buscando un centro de gravedad permanente...

Hoy no podía dejar de hacerlo: TI RIGRANZIO, FRANCO BATTIATO PER TUTTE LE TUE BELLISSIME CANZONE.GRAZIE PER ANDARE BEN OLTRE...

Gracias Franco Battiato por tu música dulce, tus letras profundas, retadoras, tan diferentes a todo... Gracias porque con mis catorce o quince años me dejaste "flipada" al verte en aquella TV de la EGB tan serio, tan tú y buscando un centro de gravedad permanente... Te quedaste grabado en mi inconsciente musical y esa frasecita me ha perseguido y he ido encontrando su sentido con el paso de los años.

Gracias eremita, poeta, trasgresor, músico... Tan tú, Battiato, tan tú que dejas sin palabras. 

Escuchar tus canciones es ir más allá... Nos impulsas a ser mejores, más genuínos, nos indicas por donde anda la cura, nos recuerdas que somos imagen divina y nos vienes a buscar con tu música para que ese centro de gravedad nos permita Danzar la danza sinfín de la Vida que siempre retorna.

Moderno "Cyrano de Bergerac" que nos dices al oído en cada canción como enamorar a la Vida y que en la estación de los amores ondea una bandera blanca en el puente que une a todos los seres humanos entre sí y con el infinito.


Vuela libre... Canta y danza ahora ya en ese infinito SER al que ya habías entregado tu ser. Te preguntabas en una de tus canciones qué quedará de ti, de todas las impresiones que has recibido en esta vida... Quedarás tú ya para siempre como armonía musical grabada en la atmósfera del mundo. Te quedas en los corazones de quienes hemos volado alto con tus canciones, de quienes hemos sentido las sorpresas de tus letras y afirmaciones cantadas. Quedarás tú, quedas tú en un acorde eterno y vibrante de tantos como seguiremos escuchando emocionados tu música.

Aquí nos quedaremos cantando contigo mientras seguimos buscando un centro de gravedad permanente en este loco y herido mundo que sigue necesitando una cura profunda.

GRAZIE FRANCO BATTIATO. ARRIVEDERCI...

martes, 4 de mayo de 2021

"Más allá" y "más acá" del mindfulness: no tirar al niño junto con el agua sucia

 El ir y venir de la mente humana, de lo que nos interesa y deja de interesar a los humanos, no deja cuando menos de causarme una sonrisa. Una de las ventajas de ir cumpliendo años, aunque no muchos, es comenzar a poder ver y reflexionar ciertos asuntos desde la famosa “perspectiva que dan los años”. Oía hablar de ella cuando era joven y pensaba que era un mantra de personas “mayores” para quitarle importancia a las opiniones y pasiones de mi joven vida.

Ahora lo entiendo porque lo percibo. Sí, los años dan una perspectiva y de eso versa la entrada de hoy en referencia a la “no moda”, “la moda” y de nuevo quizá la “no-moda” de la traída y llevada y, creo yo, maltratada “meditación”.

Espero saberme explicar porque el tema es denso y se las trae. Simplemente acudiré a mi bagaje personal, lo cual, ha de dejar claro al lector o lectora de esta entrada, que la subjetividad como siempre andará por medio como en todo pensamiento humano.

La cuestión es que a mis quince años de edad ya me encontré con adultos que me ayudaron a orar en silencio, a cerrar los ojos, a escuchar a Jesús sin hablar demasiado. Todo ello en medio, por supuesto, de una vida de grupos de fe, oración, compromiso cristiano donde la oración era también canto, gestos, símbolos, “compartires” emocionados… Pero junto a ello, la vía del silencio también me fue favorecida y nunca lo agradeceré lo suficiente, aunque he de reconocer que no hacía falta insistirme mucho puesto que por temperamento siento una irrefrenable querencia hacia el silencio como lugar donde reubicarme a pesar de ser persona que ama la conversación y las risas.

A partir de ahí para mí la oración personal siempre ha tenido mucho de silencio, de mirar y dejarme mirar, a la vez que de dejarme iluminar por la Palabra y dejarme confrontar y enseñar por la vida. Oración y vida de la mano, las dos iluminándose y nutriéndose mutuamente.

Hace más de veinte años fui sintiendo de qué modo necesitaba del más absoluto silencio en mis encuentros con Dios. Fui reaprendiendo a resituar mi corporalidad en esos procesos tan necesarios de silenciamiento que no son el Silencio, pero nos preparan a ello. Tenía cierto “recorrido”, había tenido bastantes personas significativas de las que aprender en el ámbito de mi vida cristiana. Más tarde pude enriquecerme con aportes desde el zen y, finalmente, gracias a la formación en Leibterapia personal, método Dürckheim, pude terminar de situar mi ser corporal en la vida interior de tal forma que me abrió a la hermosa experiencia de corporeizar mi ser espiritual y mi experiencia espiritual.

En este proceso, a la par, fui creando mi método de Educación de la Interioridad con mis alumnos de Secundaria en Barcelona entre los años 1999-2004. Paso a paso, con ellos, en el aula. Yo aprendía, descubría y redescubría todo un mundo maravilloso en experiencias, con cristianos y no cristianos, vivía mis cambios, recibía luces y descubría el modo de adaptar toda esa riqueza y sabiduría al mundo adolescente.

Así, un buen día (hablo de finales de los 90 del siglo pasado) comenzó a sonar por todos sitios (conferencias, artículos en periódicos, programas de TV, libros) que la ciencia corroboraba la bondad de la meditación para la vida humana. Mejoras en el cerebro, en la fisiología en general, reducción de niveles de estrés, etc. Evidentemente me alegré y siempre que alguien me hablaba de ese tema o leía algo pensaba: “qué bueno que la ciencia descubra y certifique ahora lo que el espíritu humano sabe desde siempre con razones que la razón no entiende”. Así que yo también ofrecía esos datos en mis cursos a adultos y los comentaba con mis alumnos, incluso comentábamos en el aula imágenes del cerebro mientras se medita. Pero siempre supe que lo de escuchar lo profundo de mi ser, lo de atreverme a recorrer el camino interior y, sobre todo, lo de ir al silencio, es mucho, muchísimo más que sólo una aportación para “sentirme mejor”. Tantas veces en ese silencio aúllan nuestras fieras interiores, llora nuestro niño herido, nos amenaza nuestra sombra no acogida, se nos aparecen con claridad nuestros errores y nuestros miedos…

Así han ido pasando más de veinte años. A lo largo de eso años he asistido al proceso por el cual “lo de la meditación” pasó de ser algo curioso e interesante y sonaba un nuevo método llamado “mindfulness” a ser ya un verdadero “tsunami meditacional”.  Recogiendo los estudios y prácticas del creador de la práctica de la atención plena para la reducción de los niveles de estrés (mindfulness) Jon Kabat-Zinn, ha pasado a ser un método que se aplica en casi todos los ámbitos, desde el mundo empresarial hasta la escuela. El número actual de expertos y expertas en mindfulness resulta para mí al menos, más sorprendente que el milagro de la multiplicación los panes y los peces.

Pues ahora, oh vida, proliferan estudios, artículos, libros que demuestran o medio demuestran justo lo contrario, casi, casi que meditar no sirve para nada de lo que decían que servía. Que los supuestos datos científicos no lo eran tanto, etc. En fin, lo de siempre, nos vamos de un extremo a otro, eso sí, con “datos” científicos por bandera.

Y me parece a mí que corremos una vez más el peligro de “tirar al niño con el agua sucia”. De alguna manera hemos caído en la trampa de reducir los procesos del yo profundo, los caminos de la interioridad humana a datos científicos acerca del funcionamiento cerebral y hemos dado por bueno aplicar técnicas de atención plena por ello. Pero en el camino de “normalización” de algo que hasta no hace mucho a la mayoría de las personas les parecía raro o hasta una pérdida de tiempo, hemos renunciado por ignorancia a lo que está más allá de la atención plena y más acá de la profunda vida humana: la subjetividad. En este sentido dice Éric Rommeluère en su libro “Sentarse y nada más. Una iniciación a la práctica de la meditación zen y una crítica del mindfulness”:

Los estudios consagrados a los efectos de las prácticas meditativas suponen que todos los sujetos estudiados meditan. Los maestros de meditación no están de acuerdo con este planteamiento. Trabajan con una experiencia en vivo, saben que sus estudiantes no meditan, sino que “intentan” meditar (la diferencia es fundamental). En efecto, una misma técnica de meditación puede tener efectos diferentes según la persona: para unos puede ser una fuente de apaciguamiento, y para otros, de ansiedad o de dificultad, pues el ser humano no es un material, también está constituido por sensaciones, deseos y emociones. Cada técnica reverbera de una manera particular según la historia física y psicológica de los individuos. La asiduidad y la experiencia no garantizan una meditación “exitosa”.

Especialmente relevante me parece también la alusión del autor a la relación maestro-discípulo en los caminos del zen que también yo he vivido en lo que denominamos “acompañamiento espiritual” en el ámbito cristiano.

El maestro de meditación no es el observador pasivo de un experimento en el que se analizan las entradas (edad, sexo, duración de la meditación) y las salidas (presión sanguínea y frecuencia eléctrica del cerebro) sin preocuparse de su contenido. Él sondea el núcleo de la experiencia y es consciente de estar implicado en este intento de meditación. Para él, ningún practicante es anónimo o intercambiable, dado que ninguna experiencia meditativa es similar a otra.

Como verás si has podido leer hasta aquí, lo del mindfulness me interpela, cuidado, sé el bien que hace a tantísimas personas que pierden el miedo al silencio gracias a la práctica de las ocho semanas. Sin embargo, hay algo que me genera un cierto desasosiego, lo confieso. En general, parece que el mindfulness ha eliminado prácticamente del lenguaje la palabra “meditación” u “oración”: ahora todo aquel que se aquieta, que escucha, que se detiene, que respira… “hace mindfulness”. Yo no he hecho ni hago mindfulness, ni lo haré, no siento el menor interés porque no lo necesito como herramienta ni para bajar mis niveles de estrés ni para vivir mi relación con Dios. Pero tampoco “hago” oración, sino que es la oración la que me rehace a mí. Yo, como tantos meditantes, y tantos orantes, intento orar, intento ponerme en la Presencia de ese Dios amoroso, Padre/Madre que me revela mi verdadero rostro en su rostro y ahí, sí, aquieta mis dispersiones, silencia mis ruidos, amplía mi mirada, me interpela, me reorienta… Pero el “más acá” es eso, es el camino de humanización que la oración despierta en un creyente al contacto con Dios, lo otro, lo que pasa en mi cerebro, lo que le pasa a mi riego sanguíneo, lo de mis niveles de estrés, se da por añadidura, no es falso, sucede y puede medirse, pero “no confundamos el tocino con la velocidad”.

Si no situamos bien las cosas, si no profundizamos, todo el esfuerzo amoroso que tantos y tantas hemos hecho y seguimos haciendo por traer los caminos de silenciamiento, de conexión integral e integradora con la interioridad humana especialmente en la escuela, puede que sean desdeñados en pro de los nuevos datos ciéntificos.