La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

jueves, 11 de abril de 2013

La dimensión espiritual de la persona: la búsqueda de sentido III



Materia y espíritu, interioridad y exterioridad
A medida que vamos avanzando en nuestra reflexión va apareciendo un hermoso entramado en el que espíritu y materia, interioridad y exterioridad quedan vinculados, imbricados. La dimensión espiritual abre al ser humano a una lectura de la vida en la que va desapareciendo el dualismo y va emergiendo progresivamente una percepción diferente que nos descubre que todo está en relación y que nos construimos como individuos y como sociedades no en la disyuntiva, no en la mera yuxtaposición,  sino en la suma que genera fecundidad.
                Como humanos, nos hallamos en el punto de confluencia entre ambas dimensiones y estamos llamados a integrarlas, porque nos constituyen esencialmente. Pero ello requiere un aprendizaje. Podemos distinguir tres estadios en este proceso de integración: un primer modo escindido, donde materia y espíritu se oponen y compiten entre sí; un segundo grado, donde viven yuxtapuestas; y un tercero, en el que ambas dimensiones se fecundan mutuamente y se alumbran sin cesar.[i]
La búsqueda de sentido
De nuevo una pregunta nos ayudará a adentrarnos en la reflexión. ¿Están relacionada la dimensión espiritual tal y como la hemos presentado y la búsqueda de sentido? Sin lugar a dudas lo están, pero quizá sea conveniente intentar dibujar los contornos de lo que entendemos por “búsqueda de sentido”. Hablaremos aquí de búsqueda de sentido en su sentido más amplio y fundante: se trata de la búsqueda de sentido de la vida. Tal búsqueda se reflejará en otras búsquedas que, siendo importantes, podemos denominar “menores”: búsqueda de mi “vocación”, búsqueda de los otros, búsqueda de una cierta calidad de vida consistente en la salud física, el disfrute de ciertas cosas, etc… Todo ello solemos resumirlo en dos búsquedas fundamentales y comunes a todo ser humano: buscamos la felicidad cuya traducción suele ser amar y ser amados. No es poco. Todos buscamos, deseamos ser felices, en pro de ello hacemos o dejamos de hacer, optamos por esto o por aquello. Yendo más allá, solemos describir la felicidad suprema como la experiencia de poder amar y de recibir amor. Con todo, al fondo se sitúa una llamada mayor. El ser humano precisa saber y sentir que su vida tiene un sentido, que está en este mundo por algo, que hay razones para vivir. Sin este sentimiento o esta certeza básica todo lo demás puede llegar a aparecer como inútil, “sin sentido”.
Hay algo que nos hace necesitar encontrar un sentido a la vida y es la experiencia de nuestra finitud: moriremos, entonces… ¿qué sentido tiene la vida? Si todo termina, si nada hay que perdure ¿qué sentido tienen mi existencia o incluso la de mis seres queridos o la de las acciones que emprendo?
Difícilmente existe tarea más difícil y desafiante que la de buscar el sentido de la propia vida. En ese contexto se da lo que K. Gustav Dürckheim denomina “las experiencias mayores del Ser”:
                Hay tres pesares fundamentales en el ser humano: el miedo a la aniquilación, la desesperación frente a lo absurdo y la profunda tristeza frente a la soledad. La muerte, la falta de sentido y la soledad son-y siempre lo serán-los enemigos del Yo natural (…) La otra dimensión, que se sitúa más allá de nuestra facultad natural de comprensión y que es la dimensión trascendente de la vida, puede justamente surgir-aunque no está obligada a ello- en esas situaciones límites, de tal modo que nuestra conciencia derriba las barreras que habitualmente le impone una actitud objetivante y reductora.[ii]
Así es, es en el contexto de la búsqueda de sentido donde en el hombre y la mujer puede despertar la dimensión espiritual, pero también, y no olvidando que tal dimensión acoge la toma de conciencia de sí, la libertad y la responsabilidad, puede educarse el interior de tal forma que éste se encuentre preparado para afrontar esa búsqueda de sentido. Tradicionalmente en las religiones ha sido clave en este sentido el papel del mistagogo, es decir, de aquel que acompaña al que se inicia en el camino espiritual enseñándole técnicas y métodos para el progreso espiritual. Llegamos así a unos de los escollos de nuestro momento actual.
Carentes de mapas y brújulas: la aportación de la Educación a la búsqueda de sentido
Debemos ser conscientes del contexto histórico en el que se desarrolla nuestra reflexión y que no es otro que el de una mutación histórica[iii]. En ese contexto uno de los cambios más significativos es que el sentido de la vida ya no lo dan las instituciones que hasta hace no mucho lo hacían (religiones, ideologías…). Además, en una cultura científico-técnica, sin embargo, las ciencias tampoco aportan mucho a esa búsqueda de sentido. Por lo tanto se está volviendo a dar importancia a lo que nunca debió ser olvidado: la necesidad de partir de uno mismo. El hombre y la mujer contemporáneos deben poder recuperar su patrimonio interior, la tierra sobre la que construir el edificio personal y social, el subsuelo del que extraer los nutrientes que les permitan mantenerse en pie y avanzar.
“La vida es tanteo, aventura y peligro” dice de nuevo Teilhard. Pero se nos ha “equipado” para afrontar tal aventura.
Es dentro de nosotros donde encontraremos los mapas y las brújulas que nos permitirán encontrar el sentido de una existencia que a veces se nos presenta absurda, compleja y dolorosa.
Hoy resulta evidente que son nuestros jóvenes los más perjudicados por la pérdida de fuerza de  las instancias que a otras generaciones les ayudaron a encontrar un sentido a la existencia. Pero nuestros jóvenes buscan, como lo hacemos todos. Ellos y ellas también ansían la felicidad, realizarse plenamente como personas, amar y ser amados. Quizá el problema es que no saben que buscan y no saben bien qué buscan.
La clave está en reabrir los caminos que llevan al contacto profundo con la dimensión espiritual, con el mundo interior. Esos caminos deberían concretarse hoy en pedagogías concretas[iv]  aplicadas en el ámbito escolar y durante todo el proceso de enseñanza-aprendizaje (desde Educación Infantil hasta Bachillerato y Ciclos). La escuela, obligada a asumir responsabilidades -que muchas veces superan sus posibilidades reales-, debe hoy acoger el reto de educar en sus alumnos la dimensión espiritual. Educar tal dimensión, dirige la mirada crítica de nuestro consciente a nuestro inconsciente y nos impulsa así hacia la búsqueda de ideales propios. Nos acerca al “hombre/mujer rebelde” del que habla Camús. Hombre y mujer capaz de reinventar su mundo desafiando la incertidumbre que ello genera.
Por otro lado, como afirma M. Légaut, es imposible vivir espiritualmente sin ejercer la capacidad de intelección. En el ser humano hay una intrínseca necesidad de entender, en la medida en que le ha sido dada a cada uno. No se puede vivir la vida espiritual sin que entre en juego todo el ser de uno, incluida la actividad de conocimiento desarrollada al máximo según uno pueda.
Así pues, dimensión espiritual de la persona y búsqueda de sentido forman un todo indivisible. La búsqueda del sentido de la propia existencia sólo puede partir y desarrollarse en contacto con esa dimensión interior y profunda de la persona. Es esa interioridad o espiritualidad la que actúa a modo de matriz en la que se gestan y desarrollan las grandes preguntas y las grandes respuestas.
                Para una conciencia humana integral, el reto está en descubrir que espíritu y materia no son dos ámbitos yuxtapuestos, sino que lo espiritual constituye la profundidad o el sentido de lo material, así como lo material es el soporte y la expresión de lo espiritual, como una danza en la que uno otorga la levedad, y el otro la forma para que esa levedad no se desvanezca. Sin espíritu no hay dinamismo; sin materia falta el soporte para que haya algo que se mueva. Captar esta interrelación supone un acto de apertura y configura un modo de vivir en la reciprocidad y no según la oposición. Requiere todo un camino de maduración de la consciencia.[v]
Por ello no podemos pretender que tal dimensión deba adoptar obligatoriamente y en todos los contenidos de las religiones, pero tampoco podemos obviar la peculiarísima y sabia aportación que la religión ha hecho al desarrollo de la dimensión espiritual en los individuos y en las civilizaciones.
Creo que en este umbral de tránsito de la modernidad a la postmodernidad, la Escuela tendrá un papel insustituible en el desarrollo de la dimensión espiritual de los futuros ciudadanos y ciudadanas de un mundo que precisa, como nunca, seres humanos sensibles, creativos, con capacidad de comunión con los demás y con el planeta, pacíficos y con una experiencia de la Vida radicada en el Centro de su ser. Un mundo en el que los creyentes de todas las religiones puedan sentarse juntos en mesas fraternas junto con los no creyentes, compartiendo la fascinante y dura aventura de ser y de dotar a nuestro estar de conciencia y belleza.


[i] Melloni, Javier sj: El mundo espiritual en un mundo material. ST 97 (2009) 605-615
[ii] K.G. Dürckheim: Experimentar la trascendencia. Ed. Luciérnaga, 1993, pág. 116.
[iii] Recomiendo leer Elzo, Javier: Los jóvenes y al felicidad. Ed. PPC, Madrid, 2006.
[iv] Refiero aquí a mi libro La Educación dela Interioridad, una propuesta para Secundaria y Bachillerato. Ed. CCS, Madrid, 2009.
[v] Melloni, Javier. O.c.

1 comentario:

Gonzalo dijo...

Jesús se manifestó de esta manera.
No hay nada espectacular en esa presencia.
Solo el discípulo más cercano a Jesús, lo reconoce.
Esta es la clave de todo el relato.
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Si vivo la presencia de Jesús dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
Si no lo he descubierto en mí,
lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
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Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.
La clave no está en la realidad, sino en mi actitud ante esa realidad.
Descubrir esa presencia, es la tarea de todo cristiano.
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