La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

lunes, 16 de diciembre de 2019

SER

Comparto con todos vosotros/as la buena noticia de la publicación de mi segundo libro en solitario: "SER" Ed. San Pablo 2019. Forma parte de la colección "Adentro".

 Es un libro más "personal", en el sentido de que no abordo en él directa y únicamente la EI sino que comparto mi forma de entender ese verbo "ser" que nos configura como personas. A los que os habéis formado conmigo os "sonarán" ideas y perspectivas que, evidentemente, forman parte de mi abordaje de los fundamentos antropológicos de la EI.

De todo corazón deseo que os sea útil, que os pueda inspirar o ayudar en algo. Es mi regalo de Navidad para vosotros y vosotras con todo mi cariño.


martes, 26 de noviembre de 2019

La EI y el mito: resucitar los hacedores de mitos

En la comedia Las ranas, de Aristófanes, el dios Dionisos hace un viaje al Hades con el fin de traer de vuelta a uno de los poetas muertos. La ciudad languidece abrumada por la mala poesía y parece que la mejor solución sea resucitar a uno de los antiguos y famosos practicantes del arte poético. En el mundo subterráneo, Dionisos es juez de una competición entre Esquilo y Eurípides, y finalmente invita al primero a salvar la ciudad de su mortal carencia de profundidad poética. Eurípides queda descalificado por demostrar su supuesta profundidad con el verso "Cuando consideramos digno de confianza lo indigno, e indigno de confianza lo digno", un ejemplo de galimatías que se puede oír en cualquier momento y lugar en los que se haya perdido el alma.
Nuestra actual situación cultural se ajusta muy exactamente a la pauta de Las ranas. Hemos perdido cierta profundidad en la forma en que entendemos nuestras experiencias, de las que hablamos usando un lenguaje que a menudo es falso y superficial, para describir aspectos complejos y profundos de la vida. También nosotros necesitamos volver a las profundidades y recuperar la perdida apreciación de la poética de la vida cotidiana. 
(Thomas MOORE. El cuidado del alma. Guía para el cultivo de lo profundo y lo sagrado en la vida cotidiana. Ed. Urano 1998. Pág. 285)


Algo que me llama poderosamente la atención de la Pedagogía Waldorf es su uso de los relatos mitológicos en el plan de estudios de los niños de primaria. Pude ver los cuadernos pulcramente dibujados y escritos de una alumna de la escuela Waldorf de Vitoria-Gasteiz, hija de unos queridos amigos, cuadernos en los que iba adentrándose en los mitos de diferentes culturas. Cuadernos en los que ella escribía y dibujaba esos mitos. Me impactó e interrogó poderosamente.

Hoy, entiendo que la configuración de nuestras sociedades y el vacío de pensamiento estructurado y enraizado en lo hondo, hace más que nunca necesario el regreso a los mitos o a lo mitológico si se prefiere.

Tras grandes sagas cinematográficas de corte mitológico como "Star Wars", "Star Trek", "Matrix", o las adaptaciones de obras literarias como "Harry Potter" o "El señor de los anillos", parece que el mundo del cine ha apostado por la recuperación masiva de los super-heroes y super-heroínas de la Marvel y sus antagonistas (véase el éxito de "Jocker"). Daría para más de una entrada hacer una comparativa entre la densidad de contenido, por ejemplo, de la trilogía de "El Señor de los anillos", no digamos en su original literario, con películas como "El caballero oscuro" por más que se pretenda realizar un supuesto estudio psicológico de la figura de Batman. Pero no puedo ahora entrar en ello. Sin embargo, sí me sirve como ejemplo para señalar esa urgencia de "volver a las profundidades" en un contexto cultural tan dado a la apariencia de profundidad, subrayo la palabra APARIENCIA.

El mito es mucho más que un mero divertimento de seres extraños o medio extraños viviendo situaciones inauditas. El mito ha sido en la historia de la Humanidad, un camino de interpretación de la vida, de su sentido. El ser humano ha precisado de la "mirada mítica" para comprender, para profundizar, para ubicarse en la vida y su inmensidad. La figura del heroe y de la heroína míticos es en general la aquel o aquella que realiza un viaje, sale de su casa, pero para regresar a ella. Hay, sí, un viaje a las profundiades o un viaje a lo lejano, pero existe el regreso. 

El héroe regresa a casa con nuevas luces para su pueblo, para su familia. El viaje le ha transformado, le ha descubierto capacidades desconocidas en sí mismo/a. Regresa siendo él mismo o ella misma, pero ya no es el mismo ni la misma... (parafraseando al gran González Faus en su descripción del Resucitado).

¿No es acaso este el periplo de "El Principito" que ha de irse lejos para terminar descubriendo el valor de su rosa de la que necesitó alejarse, de la que huyó y que en tierras lejanas descubrirá que es "única en el mundo"?


Como el mito llega tan lejos en su descripción de las formas universales en que se desenvuelve la vida humana, puede ser una guía indispensable para comprendernos a nosotros mismos. Por falta de una comprensión poética adecuada, como Dionisos en Las ranas, nos vemos obligados a hacer un viaje al mundo subterráneo, un viaje que no siempre es agradable (...) Es posible hacer lo que hizo Dionisos sin necesidad del peligroso viaje al más allá: resucitando los hacedores de mitos del pasado al recobrar el aprecio por mitologías del mundo entero.
(Thomas MOORE. El cuidado del alma. Guía para el cultivo de lo profundo y lo sagrado en la vida cotidiana. Ed. Urano 1998. Pág. 285-86).

Estoy convencida de que la Educación de la Interioridad debe apuntar hacia esa recuperación de la "poética de la vida cotidiana" que señala Moore, algo a lo que María Zambrano denominó "razón poética" y que resulta imprescindible para vivir yendo más allá pero incardinados en la vida de cada día.

La mirada mítica, la razón poética, están en la entraña de la aventura de ser persona. No es bueno que renunciemos a ello en pro de pseudo-poéticas y de pseudo-mitos recubiertos de efectos especiales y de palabras vacías que no se cansan de repetir tópicos. y más tópicos.

Eduquemos de tal forma que alimentemos y hagamos saltar chispas en las mentes y los corazones de nuestros alumnos/as potenciando en ellos y ellas el gusto por hacerse preguntas, el placer de la argumentación, la revolución de poner en activo la razón poética saliendo de la esclavitud de la sola razón científica, el deseo de "ir más allá", la necesidad de crear y re-crear el mundo heredado: que ellos y ellas puedan ser "hacedores de mitos"

No por mil veces usada es menos cierta la sentencia que el zorro regaló al Principito: "LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS, SÓLO SE VE BIEN CON EL CORAZÓN"




jueves, 7 de noviembre de 2019

De "arraigos" y "desarraigos" en el Trabajo Corporal de la EI

En la reflexión anterior de este blog, recordaba una reflexión de S. Weil acerca de la patria. El texto está dentro del libro publicado con el título "Echar raíces" y el capítulo titulado "el desarraigo".
Regreso a este tema porque me parece que entra de lleno en nuestra propuesta de Educación de la Interioridad que no puede ser tan sólo una propuesta de "relajación" y "bienestar" sino que, como sabéis, subrayo que debe aportar aprendizajes, conocimientos y herramientas para la unifiación personal y  para el emerger de una visión ética, unas virtudes  y una implicación en pro de la justicia. Y no puede ser de otra forma, porque como también repito incansablemente, la conexión real con el interior, hace brotar de forma innata la compasión.

Dicho esto quisiera centrarme en este tema del "echar raíces" y del "desarraigo", porque son dos imágenes de una potencia antropológica potentísima.

ECHAR RAÍCES: quienes os habéis formado conmigo, habéis experimentado diferentes técnicas de conciencia y trabajo corporal que señalan hacia la toma de conciencia de nuestros puntos de apoyo físicos, de la calidad de nuestra presencia desde y en el cuerpo, etc. Sabéis que no lo trabajamos por sí mismo, aunque ciertamente en sí mismo ya tiene un cierto valor, sino que apuntamos hacia la "corporeización" de la vida interior y espiritual, sobre este tema, y para no alargar esta reflexión,  refiero a una de las entradas de este blog: Karlfried G. Dürckheim: la centralidad del "exercitium" y su relación con el trabajo corporal y la apertura a la trascendencia (29/10/18)

Así pues, es real en cada uno de nosotros y de nosotras, que precisamos de contextos humanos en los que sentirnos enraizados. El primero y más principal en una primera fase vital es la familia y sabemos que cuando esta "falla" o es deficitaria en proveernos de lo necesario sobretodo en un nivel emocional, podemos "arrastrar" toda la vida ese deficit que se manifestará en muchos ámbitos de nuestra conducta. 

Echar raíces, pasa en un primer momento de la vida de cada persona, por ser (siguiendo el símil del árbol o de cualquier planta) por ser"plantados" (no lo elegimos) en un terreno familiar, en un contexto sociocultural. Sin embargo, esas primeras raices que germinarán y nos darán nutrientes (escasos o no) están llamadas a crecer y a extenderse más allá de la tierra familiar. Hasta aquí todo es sencillo de entender: venimos a este mundo en una familia y un contexto sociocultural particular en el que nos vamos enraizando no por decisión propia, sino porque ahí nos ha traído al Vida, pero es gracias a ese contexto que vamos entendiendo la vida, a nosotros mismos, e incluso llegado el caso, podemos decidir "echar raíces" en contextos muy alejados de nuestra infancia y juventud, pero, en todo caso, sentiremos siempre la potencia de esas primeras raíces, especialmente positivas para la persona cuando nos han nutrido profundamente de "buen alimento".

Pero son muchas las personas que viven la experiencia de verse obligados a echar raíces donde no hubieran pensado nunca hacerlo o incluso donde no lo desean. Pensemos en el movimiento migratorio. Tener en nuestras aulas alumnos y alumnas que llegan de otros países, sean estos europeos o no, pero especialmente los alumnos provenientes de fuera de Europa, piden del claustro educativo una reflexión honda sobre este tema de las raíces personales. Son niños y adolescentes en edad de echar raíces estables y serenas pero que, en cambio, se ven abocados a una experiencia de desarraigo. En el caso de los menores no acompañados este asunto es profundamente dramático, ya que ni tan solo disponen de lo más esencial y básico: la presencia de sus padres o de algún familiar cercano que les sirva de referente personal y de sostén emocional. 
Niños y adolescentes en edad de echar raíces pero ya desarraigados. ¿Hacia donde dirigen su necesidad de "nutrientes vitales"? Pues tantas veces hacia "tierras" llenas de contaminantes: drogas, alcohol y un largo etcétera de situaciones que amplifican el desarraigo al convertirlos en "molestos" para el entorno que pide de ellos y ellas comportamientos y actitudes que, simplemente, por su nivel de desarraigo personal, les es muy difícil alcanzar. Triste y preocupante resulta  la criminalización de los llamados "menas", pero no voy a entrar en la reflexión sobre este tema sangrante que evidencia la falta de responsabilidad y ética de muchos políticos y partidos de nuestro entorno.

Mi intención es apuntar hacia el hecho de que, en el siglo XXI, en el contexto de un planeta lleno de corrientes migratorios debidas ya no sólo a guerras, hambre y persecuciones, sino, cada vez más, causadas por el cambio climático que agudiza la pobreza de los ya empobrecidos, la Escuela tiene ante sí un reto (son muchos, lo sé... pero ahí están...): el reto de aportar algo a quienes se sienten desarraigados para que puedan aprender como echar raíces en su nuevo contexto sociocultural. podemos aportar mucho, ya lo hacemos, no cabe duda, con nuestra cálida acogida en las aulas, con nuestros desvelos por realizar adaptaciones curriculares positivas para ellos y ellas, con cientos de acciones que buscan hacerles sentir queridos y valorados y facilitar su arraigo. 

Con esta reflexión, simplemente quiero traer a primera línea de reflexión que la Educación de la Interioridad no puede ni quiere quedarse al márgen de estas cuestiones porque, lo repetiré mil veces: la verdadera EI lleva en su entraña la fuerza humanidora del Evangelio de Jesús que sitúa al empobrecido y silenciado en el centro de su acción samaritana. Por ello, la EI en el marco de la escuela católica, no debe circunscribirse a prácticas de meditación tendentes a la mera disminución del estrés, nerviosismo, etc, sino que siempre debe saber que su horizonte es la plena humanización que pasa por posibilitar el paso de sentirse desarraigado a vivirse enraizado en la Vida desde un Centro personal abierto a todos.

En este sentido, las técnicas de Centramiento, el trabajo corporal con diferentes técnicas y ejercicios, puede encontrar en el "echar raíces" un horizonte de sentido o, si se prefiere, un símbolo inspirador, que ordene las propuestas que realicemos con los alumnos hacia el redescubrimiento, sobretodo a partir de los 11-12 años, de los arraigos y desarraigos que cada uno experimenta. Así, el contenido de trabajo corporal propio de la EI no pasará a ser un mero divertimento, sino una herramienta para un mayor y más concreto autoconocimiento.

miércoles, 23 de octubre de 2019

¿Trans-patriotismo?

El mundo necesita en este momento un patriotismo nuevo. Y ese esfuerzo de invención debe hacerse ahora, cuando tanta sangre se está derramando por causa del patriotismo. No hay que esperar a que  vuelva a ser algo de lo que se habla en los salones, en las Academias o en las terrazas de los cafés.
    Es fácil decir, como Lamartine: "Mi patria está allí donde brilla Francia... Mi país es la verdad". Desgraciadamente, ello tendría sentido sólo si Francia y verdad fueran términos equivalentes. Pero ha ocurrido ya, sigue ocurriendo, y ocurrirá, que Francia mienta y sea injusta; pues Francia no es Dios: entre Dios y Francia hay una gran distancia. Sólo Cristo ha podido afirmar: "Yo soy la Verdad". A nada más sobre la tierra le está permitido decirlo; ni a hombres ni a colectividades, pero mucho menos a estas. Pues es posible que un hombre alcance un grado tal de santidad que ya no sea él, sino Cristo quien viva en él. Por el contrario, ninguna nación es santa
   (...) Ello parece obligarnos a pensar que nuestra resistencia constituiría una posición espiritualmente peligrosa, e incluso perjudicial, si entre los móviles que la animan no sabemos situar en sus justos límites el móvil patriótico. Es el mismo peligro que expresan, en el lenguaje extremadamente vulgar de nuestra época, quienes dicen temer, sinceramente o no, que este movimiento derive en el fascismo; pues éste va siempre unido a determinada variedad de sentimiento patriótico.
                                                                   (Simone Weil. Echar raices. Ed. Trotta. Págs. 121-122)

Simone Weil escribe Echar raíces en su exilio en Londres, triste por no poder participar en primera línea en la Resistencia francesa contra la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial. No es una reflexión teórica desde una distancia cómoda y burguesa, porque ella nunca se situó en la comodidad ni en la burguesía. Simone vivó al margen de las reglas propias de la familia acomodada en la que había nacido y que le había proporcionado una exquisita formación. La buguesía francesa ya la había "mirado mal" y con suspicacia por su forma de relacionarse con sus alumnos del Liceo de Le Puy y con los trabajadores locales. 

Además de ser una de las tres mujeres filósofas más importantes nacidas a comienzos del s. XX, junto con María Zambrano y Hannah Arendt, Simone Weil es la que estuvo más implicada en poner en práctica sus ideales de educación y de justicia para lograr una humanidad más sabia y más libre.
Sus citas, rotundas y certeras, aparecen como referencias a su pensamiento, marcado por un itinerario vital e intelectual que se manifiesta en tres direcciones: una búsqueda continua y apasionada de la verdad, que la lleva a estudiar Filosofía y a interesarse por todas las manifestaciones religiosas; una marcada pureza natural que se asombra ante la contemplación de la belleza del mundo y del arte, en donde presiente la huella de Dios; y una vulnerabilidad ante la desgracia de las clases más desprotegidas de la sociedad, que la llevó a luchar por mejorar sus vidas (tomado de la web "Esfinge", en una entrada escrita por María Angustias Carrillo de Albornoz)
Hoy, recupero a esta mujer que desde hace muchos años me fascina e interpela. Lo hago porque estoy convencida de que en el contexto mundial tan convulso que vivimos, más que nunca se hace preciso escuchar voces mesuradas. Voces que, como las de Unamuno, Zambrano, Arendt y Weil, sepan escuchar lo que sucede y llevarlo a un lugar en el que desnudarlo de la más primaria visceralidad para descubrir donde están las trampas y las luces de los acontecimientos. Sus voces y su reflexión son también e indudablemente irrenunciables dentro de los colegios, en las aulas.En este caso, traigo a colación este texto que gira en torno a la noción de "patria" porque creo que debemos replantearnos con serenidad y la objetividad que nos sea posible (lo patriótico siempre nace y facilita esa visceralidad que hace ardua la tarea de una reflexión abierta y calmada) si en el contexto del siglo XXI pudiera emerger una nueva forma de patriotismo o, incluso, un modo de entender la vida humana que supere ese concepto. Una especie de "trans-patriotismo" que hiciera referencia y portara en su núcleo la convivencia como gran Familia humana, no negando las identidaes culturales, pero sí resituándolas y relativizándolas en pro del Bien Común (algo que late en la entraña de la Doctrina Social de la Iglesia, tan poco conocida y aplicada).
Soy consciente de los peligros que conlleva lo que acabo de mencionar porque, entendido de determinada manera, suena a un Gran Hermano "patrio" que nos uniformara y desidentificara en una versión deformada del concepto de Bien Común y de Familia Humana. Sin embargo, ¿no fue la creación de la ONU algo que en su entraña portaba este deseo de mirar por el bien del mundo más allá de las fronteras? (Lejos ha quedado la ONU de las pretensiones con las que se creó, sí, pero como idea no fue ni es desdeñable). 
Creo que el texto de Simone Weil que propongo hoy,  no puede ser más claro y resalto dos frases, dos ideas por su contundencia: " El mundo necesita en este momento un patriotismo nuevo" y "ninguna nación es santa".Que el mundo necesita un patriotismo nuevo resulta evidente ahora como en el momento en el que Simone escribe esas líneas. Weil lo refiere al contexto de la Segunda Guerra Mundial, un contexto marcado por la afirmación de la Patria y de la Raza propia del fascismo alemán, italiano y español. Weil observa la respuesta francesa al ataque alemán, ve como la afirmación de una patria -la alemana- hace nacer la afirmación de otra-la francesa- y pone en entredicho el tipo de respuesta que parece va a hacer nacer identificando el peligro de situar el patriotismo en un nivel que no le corresponde.
¿Puede aplicarse este diagnóstico al contexto español, europeo y mundial hoy? Creo que sí. Seguimos necesitando urgentemente, hoy, aquí y ahora, "un patriotismo nuevo" que, como indicaba, podría ser un "trans-patriotismo". Porque hoy hay un elemento en esta ecuación política que no existía en tiempos de Weil: el cambio climático. ¿No resulta cuando menos "chocante" que mientras sabemos, ahora ya de forma inequívoca, que es el planeta en su totalidad el que corre peligro, en cambio sigamos luchando a brazo partido por "este" "mi" trozo de planeta contraponiéndolo a otros trozos del planeta? Se define patria como tierra natal o adoptiva que está ligada a una persona por vínculos afectivos, jurídicos y/o históricos. La lengua y las costumbres tendrían mucho que ver con lo patriótico que, además, lleva en sí, un núcleo emocional importante. Es precisamente esta carga emocional la que Weil critica al advertir que "ninguna nación es santa".

Lejos de proponer un "apatridismo", reconozco que el ser humano y, en concreto este ser humano que yo soy, precisa de sentirse enraizado en alguna tierra. De hecho este texto de Weil que comento, se sitúa en un texto titulado "el desarraigo". He leído y reflexionado sobre este texto muchas veces, vuelvo a él con cierta asiduidad. Me deja siempre un sinfín de interrogantes sobre esa dicotomía entre "arraigo" y "desarraigo". Me pregunto en qué consiste el arraigo y en qué su contrario. Lo veo en mi vida (he vivido en diferentes lugares y en otro país). El anhelo de una tierra firme, de una identidad cultural y, a la vez, el reconocimiento fehaciente de que toda tierra es mi tierra en tanto que humana.

El mundo en este momento subraya lo que nos hace diferentes, las banderas, las fronteras y, a la vez, la evolución del hambre, guerras, empobrecimiento de milones de personas y el cambio climático, dibujan un movimiento humano que rompe esos estándares adoptando la forma de movimientos migratorios imparables.

Coexisten los nacionalismos con un anhelo de una patria humana común en la llamada "aldea global". Resaltamos lo que nos diferencia, pero comprobamos que a la corta o a la larga, nuestra supervivencia como raza humana dependerá de nuestro trabajo juntos en pro de la defensa del medio ambiente. Mundo y momento histórico de contrastes y paradojas.

Desde mi vocación de trabajo y reflexión en torno a la Educación de la Interioridad, constato que se hace irrenunciable y urgente familiarizar a los jóvenes con el pensamiento político de altura (no con el visceralismo desmedido de las tertulias y del actual panorama político).

Conectar con nuestra dimensión interior y arraigarse en el Ser profundo, conlleva altura de miras. La mirada interior termina con miradas que empequeñecen los horizontes, favorece la emergencia de una sensación de estar en todos sitios como en casa, al márgen del idioma y las costumbres, porque es lo humano la casa y el hogar.

Arraigarse en los profundo ayuda a reconocer que ciertamente "ninguna patria es santa", capacidad de auto-crítica en tanto que colectividad. Conlleva reconocer que este mundo nuestro del siglo XXI precisa de nosotros caminos de unidad y no de división quizá como nunca en la historia de la familia humana.

Educar la Interioridad seriamente, debe servir para despertar a lo universal, sin menospreciar lo particular, pero no haciendo de ello motivo de división, odio, rivalidades y luchas.

Por último, y desde la experiencia creyente, afirmo que todo ataque al otro, verbal o físico en pro de la salvaguarda de tal o cual "patria" nada tiene que ver con el Evangelio de Jesús ni con su propuesta de hombre-mujer basada en las Bienaventuranzas y en una mesa universal compartida en la que el Amor es la única ley y el invitado más especial, precisamente, la persona rechazada y empobrecida por las leyes injustas.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Aquel árbol, aquella campa, esta emergencia planetaria...

Guardo en mi memoria vívido y grabado a fuego, un recuerdo de infancia. No sé exactamente qué edad tendría, quizá 9 o 10 años. El barrio donde yo pasé mi infancia era un barrio normal, de pisos muy sencillos. Frente a nuestro bloque un colegio público donde estudiaron mis hermanos y recogido entre el bloque de mi casa y el colegio, una "campa". "La campa", así la llamábamos y en mis oídos de niña resonaba como un nombre propio... Decir "la campa" era decir juegos sin fín, juegos de todo tipo: trepar a los muretes que la rodeaban y los árboles que había en ella, jugar  al "hinque" con un destornillador que lanzábamos y quedaba clavado en el barro después de algún chaparrón tan frecuente en el norte; era normal escarbar en la hierba y coger lombrices, recrear el mercado de las caseras y los caseros haciendo puestos de "comiditas" con cacharritos de juguetes que llenábamos de hierbas y flores que se transformaban en lechugas, tomates... Júgabamos a la cuerda, a la goma, al escondite. Nos lanzábamos sin miedo ninguno, ni nuestro ni de nuestras madres, por unas empinadas cuestas con las "goitiberas" fabricadas con cuatro palos y ruedines (que no sé de donde sacaban mis hermanos), o con los patines endebles de aquella época, sin refuerzos para los codos y rodillas ni cascos... Nos transformábamos en los personajes de moda del momento, incluso en Mazinger Z y, la campa se vaciaba cuando alguna madre desde el balcón gritaba: "¡Que comienza el hombre y la tierra!", o cuando era la hora de "mundo submarino"...
En esa campa aprendí yo a comer "tomates" que no eran sino unas florecillas que, según afirmábamos eran comestibles. Nunca me dieron diarrea, así que debían de serlo, preludio de la alta cocina vasca...

Cuando estaba enferma y no podía ir al cole, escuchaba el bullicio de los niños del colegio al salir a la campa a jugar, menudo patio de juegos más genial, sin cemento, pura hierba y goce. Veía a mis hermanos jugar y mi madre les tiraba el bocata desde la ventana envuelto en una bolsa al más puro estilo "lanzamiento de peso".

Seguramente la memoria que atesoro de los metros cuadrados que ocupaba aquella campa, nada tendrá que ver con la realidad, pero a mis ojos de niña, la campa era enorme, un verde y atractivo espacio de juegos que me hacía sentir libre y que era nuestro, muy nuestro. Imagino que, si la viera hoy, ya adulta, me pasaría como nos pasa a todos y me sorprendería al descubrir que no era tan grande ni tan bonita... Pero para la niña que fue, era enorme y llena de posibilidades. Un lugar entre los muchos de mi norte amado, donde aprendí a amar la naturaleza.

Entonces, un día, algo oí de que iban a "quitar" la campa... ¿quitar la campa? Nunca olvidaré el horror que sentí. Tuve muy claro que aquello era un error de los adultos, era imposible que "quitaran" la campa. Y nunca olvidaré, desde luego, la tristeza, el enfado y la impotencia que me inundó cuando desde una ventana de casa, ví llegar la escavadora y, con un ruido horrendo (desde entonces odio las escavadoras), tirar uno de los árboles de nuestra querida campa y seguir luego arañando con agresividad esa hierba silvestre en la que tanto me gustaba sentarme y rodar sobre ella.

Fue mi primera certeza de que el mundo era injusto si los mayores podían hacer algo así sin tener en cuenta lo que los niños queríamos. Sí, no puedo olvidar ese sentirme como David contra Goliat. Hubiera deseado gritar, encadenarme a aquel árbol, fundirme con la hierba... Pero se me quedó dentro, no lo expresé porque parecía una tontería de niña. Lo normal era excavar, construir... Avanzar.

Aquel espacio verde y un poquito "salvaje" que nos quedaba, se convirtió en un instituto de cemento por todos los lados, puro cemento... Yo no podía entenderlo. Luego, nos fuimos a vivir a otro lugar y ahí quedó aquella primera pérdida, aquella primera sensación de impotencia. Años después, muchos años después, volví a mi antiguo barrio y ahí seguía ese homenaje al cemento, tan feo, tan duro...

Hoy, le diría a esa niña que mira desde la ventana que sí, que salga a la calle y grite y se queje. Hoy le animaría a manifestarse creativamente con sus amigos del barrio y pedir respeto para ese trozo verde en medio de tanto cemento.

Hoy, esa niña, podría publicar fotos de su querida campa en redes sociales y pedir apoyos. Hoy, sé que vecinos de un barrio de mi pueblo, llevan a cabo, desde hace varios años, una lucha denodada para evitar la construcción masiva de pisos que destruiría las verdes campas de la Florida, uno de los pocos pulmones verdes que le quedan a Portugalete.

Hoy, esa niña, no hubiera tenido que callarse y llorar a solas. En eso hemos avanzado y me alegro. Sí, porque hoy, miles de niños, de jóvenes y adultos, están saliendo a las calles a dejar bien claro que ya estamos en medio de una emergencia planetaria y cada árbol y cada brizna de hierba,cuentan.

Aquella escavadora derribando aquel humilde arbolito frente a mi casa, fue parte de una cadena que ya venía de lejos y siguió hasta hoy, cadena de depredación del planeta en pro de un supuesta "calidad de vida". Reconozco que siempre me he preguntado porqué en los "barrios ricos" hay tanto verde y tanto árbol y en los barrios humildes abunda el cemento. Habría mucho que decir sobre como la arquitectura y el urbanismo subrayan las clases sociales que decimos que ya fueron abolidas...

Durante esta semana, nos han dicho que el mar subirá muy pronto un metro y que lo notaremos mucho en el Cantábrico. No entiendo nada... ¿Alguien se ha dado cuenta ayer y lo dice hoy? No, claro que no. Lo sabemos hace mucho, pero no "tocaba" hablar de ello. Ahora sí toca e incluso "queda bien", ya es políticamente correcto hablar (sólo hablar, lo de actuar queda para más adelante) del cambio climático.

Mi generación deja un legado horrible a la siguiente, pero es que a mí también me dejaron un legado muy poco atractivo. En realidad, cuando los jóvenes que han hablado en la ONU se quejan de la inacción de mi generación, deberían señalar la inacción de todas las generaciones desde la Revolución Industrial.

En realidad, que aquella campa de mi infancia despareciera en pro de un instituto de cemento, proviene de fondos más oscuros y arraigados en el modo de vida que nos parece normal que es el de crecer siguiendo unos parámetros propios de un super depredador. Hoy, valoramos los espacios verdes en las escuelas, en los hospitales, en los barrios. Hoy quizá no se construiría semejante mole de cemento, pero el hecho es que, con más verde y un poco más de estética, no dejamos de construir porque alguien se enriquece, esa es la clave: los ciudadanos medios, yo la primera, no queremos renunciar a cierta "calidad de vida" y hay quien se llena los bolsillo vendiendo esa supuesta calidad...

Este crecimiento que el capitalismo nos vendió como "estado del bienestar" demuestra hoy de mil maneras que es una condena de muerte para todos. y, lo siento, la única forma de frenar esto, la única forma de crear un modo de vida en este planeta perdurable, viable, es que YA renunciemos al estado del bienestar entendido como consumo continuo y cómodo.

Sí, las grandes empresas, esas cien que contaminan un 70% deben comenzar hoy mismo su tránsito hacia la no contaminación. Pero mientras los millones de ciudadanos de este precioso planeta no asumamos nuestra responsabiliad personal, poco puede hacerse.

De nuevo, estoy convencida de que la Educación, en casa, en el colegio, en los medios de comunicación, es una herramientoa potente para evitar el desastre.

Yo, hoy, sigo llorando por aquel árbol y los millones que se han talado para construir aquel instituto, mi casa, la tuya, esa carretera tan cómoda, aquel centro comercial tan práctico, el complejo vacacional tan confortable, etc.

Perdónanos, querida y bella Madre Tierra. Porque ahora, ya, sí sabemos lo que hacemos.

lunes, 16 de septiembre de 2019

La Amistad, ese hogar imprescindible

Este pasado fin de semana he vivido una auténtica "fiesta de la Amistad". El contexto no pudo ser mejor: ofrecer un concierto en la Nit de les Religions, una preciosa iniciativa del espacio interreligioso de la Fundación Migra Studium vinculada a la Compañía de Jesús.

En cuestión de horas, puede ver, abrazar, conversar con Amigos del alma. Algunos con los que mantengo un contacto diario telefónico, otros con los que me reencuentro de tanto en tanto. Y también pude reencontrarme con esos "amarillos" que diría Albert Espinosa, personas que caminan contigo un ratito,  pero dejan huella. 

En la pequeña capilla de Palau, tan bonita y acogedora, en el corazón del Barri Gótic de Barcelona,  aconteció la magia de la Amistad mediada por la Presencia de Dios. Fue mágico compartir oración, canto y sonrisas con tantos seres especiales y queridos. Fue mágico sentirme tan querida.

Y, así, como digo, en cuestión de horas, recibí un auténtico "tsunami" de cariño, reconocimiento, ánimo, energía... 

Aún me estoy "reponiendo" del "subidón". Aún conservo muy frescas las miradas, los abrazos, los besos, las presencias. Y resuena en mí un infinito GRACIAS a cada una de esas personas y a Dios por haberme regalado un Hogar infinito en el corazón de tantos buenos amigos/as.

¡Qué necesaria es la Amistad!. Sobretodo la que se gesta en los momentos donde uno se siente más vulnerable. Muchos de mis amigos/as han sido y son mi lugar donde reclinar la cabeza en momentos muy complicados de mi vida. Me han enseñado lo que quiere decir "acompañar".

¡Qué necesaria es la Amistad! Y más aun aquella que hunde sus raices en encuentro profundos, a "tumba abierta". No es la amistad de salir a tomar unas copas a la que me refiero, sino la que crece en conversaciones sin reloj en las que uno y otro abrimos nuestro corazón y acontence un encuentro sin máscaras de los amigos.

¡Qué necesaria es la Amistad! Más aún si se ha sido durante un tiempo largo un poco "peregrino" sin lugar fijo, un tanto a la intemperie. Ahora, en este tiempo más sedentario y protegido de mi vida, valoro más si cabe esas Presencias que me dieron un hogar cuando no lo tenía. Hogar humano, cálido, acogedor, incondicional.

Es la amistad, un hogar imprescinidble para el ser humano. Por eso, regresaba ayer a casa pensando en lo necesario que es que en nuestro mundo, las personas aprendamos a ser amigos. Lo importante que es no dejar que lo virtual elimine la experiencia del "tú a tú" con los demás a través del abrazo, la conversación, las risas, la mesa compartida, los paseos, las miradas, los besos...

Mis células están hoy relajadas y llenas de la energía recibida de tantos abrazos y besos como recibí el fin de semana, de tantos piropos, de tantas miradas que hablan. Lo noto. Es algo no sólo emocional sino físico y, eso, nuestros chicos y chicas no pueden perdérselo. Educar la Interioridad incluye aprender a ser amigos.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Mística del educador/a

"No podéis preparar a vuestros alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños, si vosotros ya no creéis en esos sueños; no podéis prepararlos para la vida, si no creéis en ella; no podríais mostrar el camino, si os habéis sentado, cansados y desalentados en la encrucijada de los caminos." (Célestin Freinet)

Esta cita del maestro y pedagogo francés  Célestin Freinet (1896-1966) me ha hecho pensar y sentir estos días por su sencillez y claridad para llamar la atención sobre algo que es de capital importancia en la vida de un colegio y es que, cada maestro, cada maestra, es, lo quiera o no, es modelo para sus alumnos.Es un tema sobre el que vuelvo una y otra vez porque para mí es el "quid" de la Educación verdadera que no quiera ser mera instrucción de cerebros y es el "quid" de la vida de un educador vocacionado.

Hoy, de una forma acuciante, urge regresar a un mística del educador, es decir, necesitamos revisar y enamorarnos de aquellas cuestiones que son el sustento de la vocación educativa.

Leía hace poco un artículo sobre la "mediocracia", es decir, el gobierno de los mediocres y para los mediocres. Se comparaba esa mediocridad que hoy abunda en muchos órganos de gobierno en todos los ambitos, con un sandwich mixto, el de jamón y queso de toda la vida, que ni es malo ni es exquisito, es bueno, está bien y nos saca de muchos apuros. Leyendo esa descripción de lo mediocre, de lo que bo es ni demasiado "malo" ni excesivamente brillante, me parecía descubrir que esa mediocridadse ha ido colando poco a poco en nuestros colegios.

Sé que es peligroso afirmar estas cosas sobretodo porque depende con qué pie te pille la reflexión, te atreves a poner cara y nombre  a esto o lo otro, algo tremendo porque entramos en el juicio en el que, generalmente, echamos pelotas fuera. 

Así que simplemente me centraré en lo que dice el pedagogo francés en la cita que encabeza esta entrada y reafirmo esa necesidad de que los docentes sean personas con capacidad de soñar, de imaginar, de ilusionarse aunque el cansancio hunda un poco las ganas. En la sociedad del "sandwich mixto" nuestros niños y jóvenes necesitan presencias en sus vidas que estimulen las ganas de conocer, de saber y, más aún, que despierten en ellos y ellas preguntas acerca de su identidad, del sentido de la vida y del lugar del prójimo en ese proyecto vital. Por ello necesitamos educadores y educadoras vitales (que no es sinónimo de "jóvenes"), personas enamoradas de la vida y conocedores de los ritmos vitales, de las tempestades y calmas chicas, de las luces y sombras, porque sólo así proveerán a sus alumnos de la capacidad de trazar sus propios mapas de vida más allá de lo meramente laboral.

Si los maestros y maestras de este país, enzarzándose en luchas entre la pública y la concertada, en huelgas agresivas, se sientan cansados y desalentados, se dejan dominar por la queja y la desgana, si quien manda en la vida de un educador es el reloj y el salario (sí, el trabajador merece su salario, todo él, pero no sólo de pan vive el hombre...) y no las ganas de acompañar a sus alumnos de mil maneras, entonces han ganado ya para siempre los mediocres y la escuela será, como muchos dicen y yo no comparto, un lugar donde perder la originalidad, las ganas de saber y el gusto por el conocimiento profundo.

Por favor, queridos maestros y maestras, cuidad vuestra vida interior para no dejar de brillar, Nuestros chavales necesitan LUZ y verdadera excelencia humana en un mundo tan "mediocrático".


«Vivimos un orden en el que la media ha dejado de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y ha pasado a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar», denuncia Alain Deneault, filósofo y profesor de Sociología en la Universidad de Québec y autor de Mediocracia, cuando los mediocres llegan al poder (Ed. Turner), un ensayo que llega hoy a España y que analiza cómo las mediocres aspiraciones que invaden la sociedad están provocando ciudadanos cada vez más idiotas. Condenados -diríamos- a desayunar, comer y cenar un sándwich mixto. «La mediocracia nos anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante».

martes, 3 de septiembre de 2019

¡Feliz año nuevo!

Los amigos son maravillosos, te descubren tantas cosas... Hoy, una amiga que, además es una maestra de corazón, de las grandes, me ha ayudado a entender algo que he vivido siempre pero de lo que no me había dado cuenta porque no lo había sabido verbalizar y, desde luego, jamás se lo había dicho a nadie, ni a mí misma.

Desde que puedo recordar, el último día de agosto y el primero de septiembre, marcan en mi vida una clara vivencia de "fin" e "inicio", sin embargo, y es lo que he entendido estos días, no es el "fin de las vacaciones" y el "volver al trabajo" lo que he sentido siempre; no, es algo muy distinto. Resulta curioso como en ocasiones no sabemos interpretar lo que sentimos, así me ha pasado a mí. Como digo, desde que puedo recordar, para mí el "año" comienza el 1 de septiembre con la vuelta al cole, tanto como alumna primero como siendo maestra después. Esto que puedo decir y compartir en este momento, mientras escribo estas líneas, estaba ahí, presente, sentido, pero no explicitado e incluso interpretado por mí como un "fallo de percepción" porque todo el mundo sabe que el año termina el último día de diciembre y comienza el uno de enero.

Y ayer por la noche, mi querida Iris me envió un texto iluminador que me ha hecho entender de golpe lo que me pasa: para mí, sí, y no sólo para mí (ahora lo sé) el año comienza el uno de septiembre y termina el 31 de agosto. Ahí está el "quid" de la cuestión.

El párrafo del libro que Iris ha compartido conmigo, alegra el alma porque te recuerda que podemos ser libres de las convenciones y que, cuando no nos lo permitimos a un nivel consciente, ya se encarga nuestro corazón de re-cordárnoslo (re-cordar, es decir, volver a pasar por el corazón). A mí, durante años, mi corazón me ha recordado que "cuantifico" los 365 días de otra forma, cuando, por ejemplo, al anotar algo en la agenda dudaba si era para un año u otro simplemente porque se me iba la "cuenta" de septiembre a agosto y no de enero a diciembre. Siempre lo he interpretado como un despiste de los míos. Pues...¡no es un despiste! Es lo que de verdad siento y como mi ser acoge el paso de días y meses con el que hemos decidido organizarnos.

Pero es más profundo de lo que parece, bueno, para mí lo es: Comenzar un curso nuevo no es una rutina, es un regalo. Es nuevo, nuevito. Todo por hacer, todo por descubrir, pero con el bagaje de lo aprendido el curso anterior. Me encantaría, como los protagonistas del libro, tirar cohetes y celebrar con champán el comienzo de cada curso. No es "la vuelta a la rutina" sino el estreno de lo nuevo anclado en lo cotidiano: despertador, horarios, responsabilidades... Precedido por un tiempo de descanso, sosiego y, si se quiere, tiempo para mirar con perspectiva lo que sucedió durante el curso y soñar con cariño e ilusión en lo que vendrá.

Es otro de los muchos regalos de ser "profe", de vivir inmersa en la aventura de la Educación del Corazón y con Corazón. El 1 de Septiembre no es una "losa", es el inicio de un nuevo año en el que resuena la promesa de Dios: "Todo lo hago nuevo".

¡¡FELIZ AÑO NUEVO, PROFES!!

Este es el texto del libro "Nadie nos oye" de Nando López:

       "-¿Qué te parece si celebramos el años nuevo juntos, Emma?- me propuso Víctor en cuanto supo que me había instalado en mi nuevo y pequeño apartamento en Malasaña.
         
         - Me parece perfecto.

No era la primera vez que lo hacíamos. Ya en el instituto nos inventamos aquella tradición y cada 31 de agosto nos juntábamos para tomar cervezas y brindar por el año nuevo. Era algo que solo nos pertenecía a nosotros, un ritual que nunca quisimos compartir con nadie y que nacía de nuestra manera de contar el tiempo de septiembre a septiembre, incapaces de seguir ese criterio artificial y arbitro que marcaba en enero el supuesto inicio. Mi vida se mide con precisión escolar desde que era una cría, porque mi año empieza a la vez que estreno cuadernos y agendas, justo en esos días en que aún no hemos perdido esa sensación de primera página, esa seguridad de que todo está por hacer, que los demás meses querrán arrebatarnos"