La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

martes, 26 de enero de 2016

Mi pustinia irunesa

La palabra rusa pustyn (en ruso пустынь) designa a un tipo de pequeña habitación o reducido habitáculo escasamente amueblado destinado a la oración y al ayuno en presencia de Dios. Tiene origen en la palabra rusa pustynia (пустыня, "desierto"). El que es llamado a vivir en una pustynia o pustyn permanentemente es denominado pustynik.

Me gustan mucho los documentales y suelo ver siempre que puedo, los de "la 2" (sí, esos que todo el mundo dice que ve para no reconocer que también ve "Sálvame" o cosas así de banales, pues yo he sido siempre una forofa de los "docus de la 2"). En fin, hoy he disfrutado conociendo un poco la costa irlandesa. Viendo los hermosísimos paisajes pensaba "¡vaya", parece el País Vasco, no tenemos nada que envidiar" (un poco de "chovinismo" no hace mal a nadie, y más cuando obedece a la realidad). Entonces en el documental nos explicaban la ubicación de una pequeña isla frente a la costa irlandesa en la que hay un pueblo deshabitado. Allí vive sola, durante los meses de clima favorable, una mujer que ha adecentado una pequeña habitación. Ella explicaba feliz el porqué: nada puede pagar ese silencio, el paisaje, la naturaleza serena, la paz... Verdaderamente lo veía y sentía la más profunda envidia. Allí estaba ella con cuatro cosas, sin luz, sin agua corriente, recogiendo líquenes para teñir la lana que luego hila y con la que el resto de meses que regresa a tierra firme, hace ropa. Se la ve hilar contemplando el mar y saluda a un barquito que pasa cerca. En ese momento de suma envidia, he reparado en la belleza que me rodeaba en esta casa en la que vivimos hace un año y poquitos días. La luz entraba a raudales por la terraza y las amplias ventanas de la sala. Esa luz iba resaltando cada rincón, cada plantita, cada cuadro y fotografía de nuestro piso. Mirando a través de los cristales veo montes, verde del norte... y a esta hora de la tarde hay mucho silencio en la zona. 

Al terminar el documental me he ido a la terraza. El sol incide por la tarde de plano en ella, un sol de enero (extraño por otro lado, pero hermoso y reconfortante). Me he sentado. He cerrado los ojos y me he sentido claramente en "mi" pustinia en medio de la ciudad, "mi" pustinia irunesa (aún más del banco que mía, pero la disfruto yo y espero que por mucho tiempo). He recordado el eco que creó en mí con veintitantos años el libro  de Catherine Doherty "Pustinia: Espiritualidad cristiana del este para el hombre occidental". Sintiendo el sol en la cara, escuchando un silencio casi perfecto, tomando conciencia de la beatitud y privilegio de ese momento concreto, he abierto los ojos y veo bajo mi terracita a una religiosa de la guardería que hay a unos metros de casa, me está mirando mientras sonríe. Mi brazo toma vida por su cuenta y la saludo y ella me devuelve el saludo como si nos conociéramos de toda la vida. Conversamos, ella en la acera apoyada en su bastón, yo desde el segundo piso. Me pregunta mi nombre (como no ha venido a los retiros que he dado para Confer en Irún, no sabe quién soy, pero yo sí conozco a alguna de su hermanas, juego con ventaja), me dice el suyo, me explica que hay una hermana muy enferma que se llama como ella. Le deseo feliz paseo y nos despedimos con una sonrisa.

Pues nada que envidiar a la amiga de Irlanda, o más bien, muchas cosas nos hermanan: el gusto por el silencio y la naturaleza, el deseo de sencillez en la vida y la posibilidad hoy de saludar alguien con cariño desde nuestro "retiro".

Doy gracias a Dios por esta pustinia, por poder gozar de días de silencio, calma y cierta lentitud entre los días de trabajo y viajes. Gracias por poder conversar con una religiosa desde el balcón como si fuera lo más normal del mundo (para mí lo es, pero visto desde fuera no deja de ser curioso). Gracias porque en un rato Emilio saldrá del trabajo y disfrutaremos del resto de la tarde como se tercie, sin demasiados planes. Gracias porque esta casita que acoge amigos y familia cuando quieren venir. GRACIAS porque un día, descubrí la posibilidad de vivir como una "pustynik" en medio de la ciudad y hoy se me otorga un lugar hermoso donde vivir esos momentos de recogimiento con un compañero extraordinario.

1 comentario:

Angélica Sánchez dijo...

Pues gracias a los docus de la 2 y a tí por verlos (toda una "rareza") que hace que por lo menos me traslade a mi pustinia que veo que alguno por ahí tengo... Sin verlos, también se aprende... porque alguien que lo vive lo expresa...
Gracias por compartirlo, sí.
Un saludo.