La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

sábado, 19 de febrero de 2022

Un nuevo yo despierta

 REINVENTAR-ME...El verbo, la acción que orienta mi día a día a base de empujones a ratos, fluyendo grácil en otros, por sorpresa casi siempre. 

REINVENTAR-ME desde que el virus se coronó rey de mi agenda: si él está se descompone, si no está parece renacer... Mi agenda a golpe de virus.

REINVENTAR-ME... a la fuerza, sí, pero bendito empujón...

RELEER...REPENSAR, RECREAR... poner en "on" el "modo genius"...Agotada a ratos, ilusionada más de lo que era de prever. 

REINVENTAR-ME: cada día un reto. 24 horas de equilibro entre lo que sé y lo que creo no saber pero, tras dar un paso, comienzo a entender.

REINVENTAR-ME: ¡UN NUEVO YO DESPIERTA!





martes, 8 de febrero de 2022

Recuperar la amabilidad: UNA AMABLE REVOLUCIÓN

 


Dice el Papa Francisco en la carta encíclica Fratelli Tutti:

El individualismo consumista provoca mucho atropello. Los demás se convierten en meros obstáculos para la propia tranquilidad placentera. Entonces se los termina tratando como molestas y la agresividad crece. Esto se acentúa y llega a niveles exasperantes en épocas de crisis, en situaciones catastróficas, en momentos difíciles donde sale a plena luz el espíritu del "sálvese quien pueda". Sin embargo, todavía es posible optar por el cultivo de la amabilidad. Hay personas que lo hacen y se convierten en estrellas en medio de la oscuridad.


Me pregunto y te pregunto:

  • ¿Percibo en mí acciones, palabras, pensamientos que me conducen a ese "atropello" que menciona Francisco? 
  • ¿En qué momentos, ante qué situaciones se acrecienta en mí ese "sálvese quien pueda"??
  • ¿Qué hago o puedo hacer para frenar ese impulso que me hace atropellar al otro?
  • ¿En qué situaciones vivo, experimento que un cambio de actitud en mí produce más calma, más amabilidad en mis entornos diarios?

Continúa así el Papa:

San Pablo menciona un fruto del Espíritu Santo con la palabra griega jrestótes (Ga5,22), que expresa un estado de ánimo que no es áspero, rudo, duro, sino afable, suave, que sostiene y conforta.

Me pregunto y te pregunto:
  • ¿Acudes a Dios cuando percibes que en ti no hay capacidad para mantener ese estado de ánimo afable y suave?
  • ¿Has experimentado que es en la oración, en el trato de amistad con Dios, donde recibes ese "plus" de amabilidad que te falta?
  • ¿Te abres en la oración a la acción del Espíritu de Dios en ti para que transforme lo duro en suave, lo áspero en afable?
Y sigue así la Fratelli Tutti:

La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás a que su existencia sea más soportable, sobre todo cuando cargan con el peso de sus problemas, urgencias y angustias. Es una manera de tratar a otros que se manifiesta de diversas formas: como amabilidad en el trato, como cuidado para no herir con las palabras o gestos, como un intento de aliviar el peso de los demás. Implica "decir palabras de aliento, que estimulan", en lugar de "palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian"

Me pregunto y te pregunto:
  • ¿Qué persona o personas en tu entorno cotidiano tiene o tienen esa cualidad de ayuda a los demás? Recuerda cómo son esas personas, evoca su rostro, pronuncia su nombre y dale o dales las gracias en tu corazón por ser así.
  • ¿Cómo son tus palabras en los diversos ámbitos en los que transcurre tu vida cotidiana? ¿Cómo hablas a las personas? 
  • ¿Cómo te hablas a ti mism@?

Prosigue Francisco:

La amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir "permiso", "perdón", "gracias". Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia.

Me pregunto y te pregunto:
  • ¿Están teñidas mis relaciones diarias de agresividad o de amabilidad? ¿Qué hace que sea de una u otra forma?
  • ¿Es realmente un milagro en mi entorno que haya personas amables? ¿Me he planteado seriamente que yo puedo ser ese "milagro" que echo de menos?
Y concluye el Papa:

Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye los puentes.

Me pregunto y te pregunto:
  • Entendida así, ¿Podemos pensar en la amabilidad como una opción ética también?
  • ¿Qué puedes tú hacer desde tu lugar como educador/a para favorecer una educación amable?
  • ¿Qué ámbitos de tu vida cotidiana están realmente necesitados de esa opción clara por la amabilidad?
  • ¿Crees que podemos trabajar por crear una "cultura de la amabilidad"? ¿Cómo?

Sea como sea, yo me apunto a esta AMABLE REVOLUCIÓN 





miércoles, 26 de enero de 2022

RESPETA TUS SUEÑOS


 Y tú ¿Qué llevas en la piel? ¿Cuál es tu sueño?

¿ERES UN SOÑAD@R?

¿CREES EN TI?

SI NO TE IMPORTA ES QUE NUNCA FUE UN SUEÑO Y NO MERECES TENERLO.

jueves, 16 de diciembre de 2021

SER FELIZ


Se cumplen dos años de la publicación de mi libro "SER" en Ed. San Pablo. Escribir este libro fue para mí una verdadera aventura interior en la que transité muchos estados de ánimo, afronté miedos y aparecieron nuevos interrogantes. Pero, sobre todo, supuso el regalo de poder compartir con quien desee leer este humilde libro, una manera de entender ese verbo ser que nosotros declinamos al modo humano, porque si no lo hacemos así, queda sin significado.

Comparto un extracto del libro a modo de homenaje a todos los que nos ponemos en camino y vamos más allá para ser quienes de veras estamos llamados a ser, aún a riesgo de cometer errores, de perder a ratos el rumbo... Lo más hermoso de estar en camino, es cuando te encuentras con otros camiRantes, con otros buscadores de felicidad y compartes VIDA:



Ser feliz

Nadie desea sufrir, nadie desea ni espera ser desgraciado en esta vida. Todo ser humano lleva en sí un impulso hacia la felicidad. Cada uno de nosotros vamos descubriendo qué nos hace felices a lo largo de nuestra vida. La cuestión de fondo es que podemos llegar a identificar la felicidad con “las cosas que siento que me hacen feliz”. Por ejemplo, recuerdo que, en uno de los talleres de educación de la interioridad con alumnos de Bachillerato, un chico compartió con el grupo que era la primera vez que lloraba tanto “sin estar borracho”. El contexto de esta afirmación era el de un grupo de treinta chicos y chicas conviviendo durante tres días con el telón de fondo de conectar con su interior para “ir más allá”. Tras una de las dinámicas más potentes de esos días y ya casi al final de la convivencia, este chico nos sorprendió con esta declaración. Desde luego, él explicó que se refería a llorar de alegría, de emoción. Nos dijo que se había sentido liberado y que era una sensación que solía vivir cuando se emborrachaba algunos fines de semana. No entraré a exponer el diálogo que allí se dio, pero sí lo comparto porque siempre me ha parecido que aquella contundente frase resume muy bien de qué forma el ser humano puede enfocar la búsqueda de su felicidad de diferentes formas e identificar la felicidad con cosas o sensaciones efímeras, alejándose sin saberlo de la fuente de la felicidad.

Desde luego, una persona precisará de “mediaciones” entre la felicidad y ella. Pero, en la medida en la que el enfoque total y único provenga del ego básico, es decir, del nivel en el que la persona está “totalmente sumergida en la experiencia material más burda en la que no hay ningún contacto con el mundo interior” (Laia Monserrat: La revolución del Hara. Ed. Kairós, Barcelona 2016. Pág. 85.), esa natural búsqueda de la felicidad, se tornará una tarea ardua volcada exclusivamente “hacia lo de fuera”. En este nivel, la persona pone la felicidad en las cosas, en el éxito relacional, laboral, económico, en la aceptación y en un largo etcétera de cosas que terminarán convenciéndole que “lo que le hace feliz” siempre depende de las cosas y de las personas.

Efectivamente, la dimensión interior es la que
nos capacita para pasar de estar sujetos a ser sujetos. Dicho de otra manera, cuando vivimos de espaldas a nuestra interioridad nos convertimos en seres sujetos a todo tipo de dependencias y limitaciones. Quien se exilia de su “casa interior” vive permanentemente sujeto a los juicios y circunstancias externas sin autonomía ni libertad plenas. Un ser que busca fuera el cumplimiento de sus anhelos sin darse cuenta de que posee dentro de sí la tierra prometida que ansía.

Quien descubre y alimenta su dimensión interior se transforma en sujeto de su propia acción, responsable, libre del falso mundo de la imagen y la opinión externas, encuentra dentro de sí un hogar que le confiere solidez y estabilidad.

Pero, llegar a alcanzar tales cotas de autonomía y libertad personal, requiere de tiempo, pide paciencia y un trabajo consciente sobre uno mismo. Cuando en el ámbito familiar se reciben aportes en esta línea la persona puede encontrar menos dificultades en lo referente a “conectar” con su interior. Si en casa y/o en la escuela, pero sobre todo en la familia, se han recibido los regalos de aprender a pensar en profundidad, gozar del silencio, de la naturaleza, del deporte, del arte, descubrir la intimidad de la escritura en un diario, valorar el enorme tesoro de la amistad, aprender el sentido de la responsabilidad, vivir desde la confianza y no desde la sospecha, etc. entonces, llegados los momentos vitales más densos, la persona descubre que posee estrategias, herramientas, hábitos personales que le dificultan menos ese “acceso al interior” tan urgente en algunas fases de la vida.

No obstante, todos nos vemos abocados a momentos donde parece que nos quedamos sin guía, sin luz, sin orientación. Forma parte de ese fascinante proceso de ser asumir las oscuridades y desconciertos, acoger la gran cantidad de aspectos que no pueden ser controlados, que escapan a nuestra comprensión, no sólo a una explicación racional sino incluso a veces espiritual. Es en esos momentos donde somos convocados por la Vida a reconciliarnos humildemente con la dimensión de Misterio de toda vida. Y es quizá, en este punto, donde la persona puede descubrir asombrada y perpleja el hecho de que la tan ansiada felicidad brota en el acto de acoger y asumir la vida con lucidez y agradecimiento en todas sus facetas: lo agradable y lo desagradable, la luz y la oscuridad, lo comprensible y lo incomprensible, lo tangible y lo intangible…




miércoles, 1 de diciembre de 2021

Pasar el rato o entrar en el tiempo

Adviento: tiempo de espera...tiempo de Esperanza. 

Las personas no somos, en general, muy dadas a saber esperar. Es muy normal que mientras espero me entre una sensación como de "comezón" que me impulse a hacer algo para pasar el rato. Como quien a la espera del autobús que le lleve a casa, mira el móvil para pasar el rato o llama por teléfono para charlar y que el tiempo pase más rápido.

Pasar el rato es hacer algo para que el tiempo no se me haga eterno, para no aburrirme, para salir del tedio, para escapar de un "ahora" que me parece no tiene sentido o que se hace muy
pesado o soso...

Pasar el rato es intentar ir de puntillas por el tiempo que a mí me parece que "sobra"... Pasar el rato haciendo algo para no impacientarme o para, como digo, no aburrirme. Pasar el rato  crea la sensación de que el tiempo pasa más rápido cuando siento que ese tiempo debería ser más corto... Incluso hay quien para  que el tiempo pase más rápido, echa una cabezadita....

Pasar el rato es la forma de escapar de esa vivencia subjetiva del tiempo cronológico que hace que, lo que a mí se me pasa "como un suspiro" a ti se te haga "eterno". Sí, porque en la forma de vivir el tiempo, entra la subjetividad humana.

Parece ser que Dios,  también tiene su particular forma de percibir el tiempo: 

      Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 Pe 3, 8)

Seguro que todos tenemos algún amigo o amiga "tardón", de esos que quedes a la hora que quedes, jamás llegarán a la hora acordada. Para quienes somos puntillosos con la puntualidad, tener un amigo así es una verdadera prueba de paciencia y de cariño. Llegar a tomarte con humor la impuntualidad del otro es una gran señal de amistad.

Pues,  las primeras comunidades cristianas, que vivían muy expectantes la segunda venida de Jesús (la parusía), también comenzaron a sentir que Dios era un poco como ese amigo tardón, que te dice que vendrá pero no sabes bien cuándo será. Creían que iba a ser tan inminente que Cristo regresara, que algunos dejaron de trabajar porque total "si ya viene en seguida...", vamos, que pensaron que la cosa era para "ya mismo" y se trataba de pasar el rato mientras llegaba.

San Pablo, observando este extraño "pasar el rato" no haciendo nada de algunos, dirá:

 "Cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan" (2 Ts 3, 10-12).

Hay, pues, dos formas de vivir la espera: pasando el rato mientras espero que suceda otra cosa más interesante que mi propia vida o adentrarme en el tiempo y vivir consciente y entregadamente cada momento con el corazón conectado a lo que se espera para no estar dormidos cuando acontezca.

Me parece a mí que por ahí va la pedagogía del Adviento: dejar de pasar el rato e ir aprendiendo a entrar en el tiempo, pero en el tiempo de Dios que... ese es otro tiempo.

Y entrar en el tiempo de Dios creo que es aprender  a vivir desde esa espera esperanzada que no me exime de mi vida, de mis responsabilidades, que no  me pone en stand by, sino que, al contrario, despierta en mí un mayor dinamismo de implicación con mi vida y con toda vida por un aumento exponencial de la atención.

Así, clamar durante el Adviento "Ven, Señor Jesús", conlleva realizar las acciones pertinentes que realmente permitan que Cristo se haga presente en este mundo a través de mí. Para ello, el Hijo de Dios, cuyo nacimiento contemplaremos en Nochebuena, nos dejó una larga explicación de qué es seguirle y de qué supone que él nazca en mí. Pero lo de Jesús no fue un largo discurso ni un compendio de documentos, sino una VIDA vivida en todo con el Abbá y para los hermanos.


Pues, he aquí el "reto" del Adviento: o pasamos el rato a la espera de algo que no sabemos cuándo ni cómo será, o nos adentramos en el tiempo de Dios poniendo "pico y pala" en la construcción del Reino, y que, cuando el Amigo llegue, ¡que nos pille trabajando!



jueves, 18 de noviembre de 2021

Crecer internamente


Ninguna representación que hagamos de la divinidad es la divinidad, ninguna afirmación que nos sitúe en la perfección espiritual, es auténtica porque lo espiritual no es algo que “tenemos” es algo que “somos”.

Silenciarse es una ardua tarea, porque no sólo consiste en la postura corporal o en determinado ritmo respiratorio. Silenciarse comienza, sí, por la ejercitación fiel en un modo de silenciamiento, el que sea, menos o más elaborado. Pero es sólo la cubierta del libro. Creo que, si supiéramos lo que comporta la verdadera iluminación o despertar, saldríamos corriendo.

Creo que es así. Hoy, por suerte o por desgracia, está de moda hablar del despertar, del crecimiento interior, de la interioridad, de la meditación, de la “no dualidad” pero me da la impresión de que muchos de quienes nos interesamos por ello e incluso le dedicamos tiempo de estudio y de práctica, lo hacemos porque nos quedamos en la zona de confort del asunto, allí donde el vértigo del Misterio y de lo verdaderamente profundo, no nos amenaza.

Crecer internamente, secundar la llamada del SER, de Dios, es un ejercicio de lucha contra el ego inmaduro, supone mirar a la cara nuestras sombras más aterradoras. En momentos muy densos, requiere ayuda de maestras y maestros espirituales y también ayudas psicológicas. Porque tomar en serio nuestro ser presupone un trabajo, un ejercicio permanente de “no bajar la guardia”, de no creerme que sé nada. A la vez, también es necesario aprender a afirmarse, a decirse a uno mismo lo que valgo y dejar que otros me lo digan, renunciando a las falsas humildades que ocultan a veces tantos miedos o tanta soberbia.

Llegar a ser lo que se es y quien se es, nos convierte en aprendices de todo y maestros de nada. Y creo firmemente que muchos abandonamos el camino cuando este nos pide cambios que son como “el hijo amado”. Cuando el camino del silenciamiento nos descubre nuestros “falsos dioses”, muchos abandonamos y nos conformamos con las veredas fáciles de transitar.

Carl Jung se refiere a esto cuando afirma: “uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad. Este último proceso es desagradable y por tanto no es popular”. Efectivamente, no es popular ni atractivo indicar que crecer internamente supone atravesar muchas oscuridades y sentir mucho cansancio. A veces conlleva la incomprensión de los más íntimos. Tarde o temprano, aparece la imperiosa necesidad de cruzar a orillas ignotas sabiendo que no hay vuelta atrás. En palabras de M. Kaplan, la verdadera naturaleza de la iluminación es el matrimonio de la iluminación y la “oscuración” . Lo oscuro forma parte de la luz. Ser conlleva descubrir quién y quién no soy. Ser conlleva vivir con el ego mientras se hunden las raíces en el “no-yo”. Se dice muy fácil. Vivirlo pasa por recorrer caminos muy áridos en ocasiones. Vivir así requiere silenciarme: silenciar mi cuerpo (no olvidarlo, no dejarlo de lado sino “corporeizar” el silenciamiento). Silenciar mi mente, la gran charlatana y anticipadora (silenciarla para aclararla, para salir de sus embrollos). Silenciar las emociones cambiantes (no eliminarlas o bloquearlas, sino iluminarlas e integrarlas). Silenciar todo cuanto me sé de memoria de mí mismo, de la vida, de “lo espiritual”, incluso de Dios.

Pueden pasar años, muchos años, hasta que aprenda a silenciarme. Debe aplicarse una “muy determinada determinación” como aconseja Teresa de Jesús. Dürckheim también incide en esta centralidad de la práctica mantenida de las técnicas de silenciamiento:

                El ejercicio del camino interior comienza justo en el momento en que ya se sabe hacer aquello que se practica. Es una permanente repetición (…) Las experiencias que vivirá aquél que ha abordado con seriedad el Camino son tan enriquecedoras y liberadoras, como duras le parecen las exigencias de la transformación a aquel que se mantiene cerrado al Ser, que no vive sino por su yo existencial.

(Extracto del libro SER de Elena Andrés, págs. 120-123)

miércoles, 13 de octubre de 2021

Maestr@s visionari@os

 

Todo es revelación, todo lo sería de ser acogido en estado naciente. La visión que llega desde afuera rompiendo la oscuridad del sentido, la vista que se abre, y que sólo se abre verdaderamente si bajo ella se abre al par la visión. Cuando el sentido único del ser se despierta en libertad, según su propia ley, sin la opresiva presencia de la intención, desinteresadamente (…) se enciende así (…) la visión como una llama. Una llama que funde el sentido hasta ese instante ciego con su correspondiente ver, y con la realidad misma que no le ofrece resistencia alguna.

(MARÍA ZAMBRANO, Claros en el bosque, Seix Barral, Barcelona, 1977, p.51.)


Cada poco tiempo regreso a este pequeño texto de María Zambrano. Pequeño texto que, en cambio, encierra grandes horizontes, profundas verdades...

Hoy, a punto de comenzar una nueva edición del Experto Universitario en Educación de la Interioridad, leo estas sabias palabras que resuenan dentro como una invitación, como una música que impele a ir más allá y a mirar más adentro.

No es la mirada interior algo que nos distancia del mundo ni de lo cotidiano. La mirada interior, muy al contrario, opera en la persona como un aumento en la capacidad de VER y, por lo tanto, una experiencia de mayor arraigo en la vida y un dinamismo hacia un más grande compromiso en el cuidado de la misma.

María Zambrano en este texto hermana "vista" y "visión". Porque nos sucede a las personas que pasamos muchos años de nuestra vida viendo sin ver. Existe un "ver" que es superficial, desconectado, atropellado. Existe un ver sin ver, sin visión. Se ve porque los ojos físicos están activos, pero sin ver porque la mirada interior está dormida.

"Veo, veo...¿Qué ves?... Una cosita...¿y qué cosita es?" Así decíamos canturreando al jugar al "veo, veo". Y la cuestión era identificar "qué ves". Precisamente porque una cosa es ver y otra identificar qué veo. Cuando vista y visión se abren a la par, lo real manifiesta su ser, nos hace vibrar con su presencia y, entonces, se da la experiencia de la revelación.

"Veo, veo..." Pero, tantas veces, veo sin gustar internamente, sin saber apoyar y hundir mi ver en una mirada interna que permite la REVELACIÓN de todo cuanto es.

Revelación, bella palabra. Evoca tantas cosas: Profundidad, amplitud, horizontes abiertos, aumento de las posibilidadestransparencia, contemplación, atención, escucha, dejar ser...

Educar la propia interioridad tiene que ver con educar la mirada, poniendo a funcionar la capacidad que todos tenemos de unir el ver y la visión que permiten así, que todo nos hable, que todo se revele libre de los límites y etiquetas preconcebidas del ver superficial.

Educar la Interioridad como paradigma educativo, pide del maestro/a el despertar urgente de una visión que activa un corazón pensante y una mente sintiente. Siendo así, cada alumno, cada alumna, puede ser acogido "en estado naciente" y el Maestro es, sin duda, partero del ser de ese niño, de ese joven. Testigo de la revelación de sí que se da en cada uno de ellos en esos años llenos de vida en los que "todo es posible y todo está por hacer".

Educar pide maestros y maestras despiertos. Maestros y maestras visionarios porque aúnan a la par "ver" y "visión".

martes, 31 de agosto de 2021

"¿Dónde está tu hermano?"

Están pasando muchísimas cosas en el mundo “grande” y en el mundo “pequeño”. Por mundo grande entiendo ese al que yo difícilmente puedo llegar en persona, son otros países, son los tinglados políticos y económicos a gran escala, la alta política, etc.  O sea, lo muy grande, grande, donde yo no puedo llegar.

Luego está el mundo “pequeño”, ahí donde yo, con más o menos esfuerzo, si de verdad quiero, puedo hacerme presente de alguna manera.

Mire donde mire, a lo grande o a lo pequeño, están pasando muchas cosas, muchísimas y muy potentes. Cosas que afectan y hacen sufrir a las personas, a las del mundo grande y a las del mundo pequeño. Y no sólo se trata del Covid y sus secuelas, hay muchísimo más.

Escucho y leo lo que “pasa” y siento que me traspasa el alma y me causa tristeza, me crea desazón, me indigna, me enfada, me interpela… Y me pregunto qué narices puedo hacer yo, igual que me pregunto por qué no estamos hace tiempo ya todos en la calle indignándonos de verdad (¿dónde queda el espíritu del 15-M?). La respuesta primera es que no puedo influir en nada en el mundo grande, que me queda muy lejos, que no tengo poder ni medios.

Luego conecto un poquito más con la pregunta, con sus implicaciones y una vocecilla me dice que la respuesta primera supone tirar la toalla, implica renunciar a una característica propia del ser humano: la compasión.

Decirme a mí misma que no puedo hacer nada y seguir como si tal cosa, me deshumaniza. La escuela para aprender y ejercer la compasión es la vida cotidiana, la del “mundo pequeño”. Mi día a día. Ahí sí tengo poder, ahí sí puedo hacer o no hacer; ser o no ser…

Yo no puedo ir al aeropuerto de Kabul a sacar de ese infierno a nadie, pero puedo informarme y saber donde hay refugiados afganos, qué redes de solidaridad existen en mi entorno cercano y decir cual puede ser mi forma de apoyar, de ayudar de sostener…

Esa fue, por ejemplo, la luz en medio de la oscuridad el confinamiento: las personas que salían cada día de su casa dispuestas a hacer la compra para los ancianos solos, a llevarles medicamentos que no podían salir a comprar, fueron esas redes de apoyo cercanas las que nos recordaron que lo grande se gesta en lo pequeño y que, tratándose del prójimo, ninguna acción es pequeña.

No digo nada original, lo sé, pero me da la impresión de que ante la ingente avalancha de información que recibimos cada día, el resultado es que buscamos protegernos de un mundo tan fiero y agresivo, recluyéndonos en las trincheras del “yo nada puedo hacer” “eso corresponde a los gobiernos” “bastante tengo con lo mío”.

El caso es que miro alrededor y no veo a personas que vivamos mal, empezando por mí misma. La cafetería que hay bajo mi casa está cada día llena hasta la bandera. Veo a las personas pasear tranquilamente con un perro, hijos con montones de juguetes, bicicletas, veo pasar coches caros, veo como gastamos dinerito en varios cafés y cervezas y “pintxitos” diarios, veo a la gente de mi barrio ir y venir de vacaciones… No percibo pobreza, ni excesivos problemas económicos… Percibo esa clase media o media alta que configura la sociedad del “bien-estar”. Yo formo parte de todo ello y no escapo a ese modo de vida, soy una más en la rueda del sistema neoliberal.

No sé qué compromiso ético tendrá cada uno de mis vecinos, de mis conocidos. Sólo puedo saber y juzgar el mío. Sin embargo, percibo en el ambiente algo que me lleva a preguntarme si no nos hemos acostumbrado a comulgar con ruedas de molino y que hace que, como lo del “mundo grande” me queda muy lejos y es muy grande, pues, eso, yo a lo mío y termina por indignarme tan sólo lo que me toca a mí, lo que me afecta a mí, lo que me pasa a mí… Y me defino con aquello tan tremendo de “yo soy muy amigo de mis amigos” (uf…).

Ahí está el tema, ahí la enjundia: ¿Puedo vivir de tal modo que lo que le pasa al otro no me afecte? ¿podemos, como individuos y sociedades, seguir viviendo desde los “derechos” y no acogiendo los “deberes” inherentes a tales derechos? ¿Podemos, sobre todo tras la pandemia, seguir pensando que lo que le pasa al otro no me pasará a mí o no me afectará a mí? ¿Podemos seguir refugiándonos de la intemperie de la existencia y del grito del prójimo sufriente en las compras compulsivas y el divertimento sin fin?

Parece que sí, se puede y yo misma, tantísimas veces, lo hago, pero… A la larga a mí me salta una alarma y es esa vocecilla a la que me refería antes y que evidentemente es la voz de mi conciencia y la voz de Dios en ella que me dice: “Elena ¿Dónde está tu hermano?”

PD: Y, ahora, voy a seguir poniendo manos a la obra, empecinada en mi creencia y esperanza de que, a través de la educación, puedo aportar algo a la mejora del mundo.

 

¡¡FELIZ COMIENZO DE CURSO, FELIZ AÑO NUEVO en el que tanto podemos hacer por los demás!!